lunes, 27 de junio de 2011

El espejo

Subió al minibús, al primero que vio sin importarle a donde la llevara. Abrió su cartera  y buscó con desesperación. El espejo no estaba. Rascó hasta los últimos resquicios de tela, pero el maldito no estaba. Se puso a llorar, a derramar lágrimas violeta y pestañas negras sobre sus manos; entre sus dedos ateridos y sus uñas coloradas y bien limadas chorreaban las gordas gotas saladas. No podía verse los ojos, el espejo se había llevado su reflejo, su imagen, el contorno de sus labios sin carmín. Y lloraba en silencio, acurrucada entre sus manos. La miraban con compasión, con curiosidad, con malicia… la miraban. Y lloraba sin saber realmente la razón exacta…. ¿Era por el espejo? ¿Era el mal sabor de la noche pasada? ¿El dolor del desengaño? ¿La tristeza de un destino adivinado? Iba abandonada y sin espejo, el maldito se había llevado su reflejo.

2 comentarios:

  1. Supongo o entiendo que era tal su desesperación que el no encontrar el espejo fue la gota que colmó el vaso y se sentía perdida sin él.

    Besos

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  2. Querida María:
    Sí, es una forma de entenderlo.
    Gracias por visitarme.
    Un abrazo,
    Ana Rosa

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