domingo, 1 de noviembre de 2015

El Bosque


La tarde se desprendió por el oeste, con destellos escarlatas como la sangre. Las risas de las hijas de Amelia se escucharon más nítidas que nunca, pues estaban cerca del arroyo.

El agua comenzó a preparar su aposento y el bosque que rodeaba la casa de campo, escondió su verdor tras una gruesa capa de atardecer.

Amelia llamó a sus hijas para la cena y les ordenó que se dieran un ligero baño antes de sentarse a la mesa. Las niñas obedecieron y se metieron a la bañera, entre empujones y jugueteos. El agua caliente tranquilizó sus ímpetus, y les recordó que aquél era el último sábado de sus vacaciones escolares. El lunes esperarían su regreso el colegio, las tareas, las amigas y los maestros. ¡Habían sido dos meses muy divertidos, llenos de aventuras y de aprendizajes! 

Después de la cena, las niñas le rogaron a su madre que les contara un cuento.

―¡Uno de terror, mamá! ―pidió Aurora, la más pequeña de las dos hermanas.
―¡Sí, mamá, uno que nos dé mucho miedo! ―dijo Aleida, la mayor.
―¿Están seguras? ―preguntó su madre con una mirada entornada, aparentando misterio y complicidad.
―¡Sí! ―gritaron las niñas al unísono mientras se abrazaban debajo de las cobijas. 

Amelia apagó la luz y entrecerró la puerta de la habitación.

Desde el dormitorio apenas se veía la tenue luz que provenía de la cocina. Mientras Amelia acomodaba las almohadas bajo las cabezas de Aurora y Aleida, iba pensando en cómo comenzar su relato.

―Este es un cuento muy terrorífico ―anunció antes de recostarse al lado de Aurora, y comenzó a hablar con lentitud―: Los bosques son lugares hermosos cuando la luz del día penetra a través de sus árboles, porque estos rayos pueden despertar a cuanta criatura habita en ellos. Pero el Bosque del Mar de árboles (así se llamaba el bosque) era un sitio muy, muy, pero que muy oscuro. Los rayos del sol apenas si se abrían paso para poder iluminar sus rincones olvidados. Se decía que allí vivían miles de almas extraviadas que deambulaban, aullando con tristeza su destino ―y Amelia comenzó a gemir de forma lúgubre, para crear el ambiente preciso para su relato―: ¡Aaaay, aaaay, aaaay!

Sus hijas reaccionaron gritando a medias y escondiendo sus cabezas rápidamente bajo las almohadas.  

―Cada noche ―continuó su relato Amelia― llegan al Bosque del Mar de árboles almas nuevas: Aparecen de pronto enredadas en las ramas de los frondosos árboles que custodian su oscuridad; nadie sabe quién las lleva hasta ese lugar, ni quién las roba; pero allí están, convertidas en despojos de muerte, a pesar de que antes avivaron el interior de cuerpos vivos, de seres llenos de plenitud.

Aurora y Aleida se miraron por un momento, con expresiones de nerviosismo.

―Muchas de esas almas aparecen como pequeños y hambrientos seres en las casas cercanas a ese bosque... ¡Y cuando estos seres invaden, por las noches, casas humanas, es para comerse los pies de sus habitantes!, ¿y saben cómo atacan? ―el silencio de las niñas dio paso a―: ¡Así...! 

Amelia agarró a pellizcos los pequeños pies descalzos de sus hijas; Aurora y Aleida fruncieron los entrecejos por el miedo (sus clásicas expresiones, previas al llanto), pero luego estallaron en risas y carcajadas. Amelia rió con sus hijas un buen rato más, les dio un beso en la frente, despidiéndose, y salió de la habitación. 

Al amanecer del domingo, Amelia se puso en pie con el primer cacareo del gallo.

Quería tener todo ordenado y acomodado en el auto, antes de que las niñas se despertaran; pero primero recorrió una vez más los alrededores de la casa, en busca de juguetes olvidados u otras cosas. 

Al pasar por el arroyo, escuchó un alarido muy tenue que provenía de las entrañas del bosque. Se detuvo un instante por el impacto de lo que había escuchado; pero no vio nada. Los árboles permanecieron quietos y Amelia se frotó los brazos para sacudirse el escalofrío que aquel sonido le había provocado.

Emprendió el retorno a la casa de campo.

Cuando las tostadas todavía humeantes reposaban sobre los platillos, Amelia subió a la habitación de las niñas, entonando la clásica canción infantil que solía cantarles para despertarlas todos los días: “Levantarse muchachas que las ocho son, ya viene la vieja con su cucharón”. 

Al abrir la puerta de la habitación, una corriente de aire húmedo y frío le golpeó las mejillas y al mismo tiempo un suspiro se le escapó del pecho. “Dejé la ventana abierta”, pensó, preocupada porque quizá sus hijas se resfriarían.

Cruzó el dintel y vio a sus hijas, durmiendo bajo la penumbra. Abrió las cortinas y dejó entrar la luz del sol. 

Los rayos luminosos invadieron el dormitorio, disparándose por todas direcciones, e iluminando las sábanas descubiertas y enrojecidas, pues donde los pies de Aurora y Aleida deberían estar, sólo había dos pares de muñones coagulados.


Este relato fue seleccionado de entre 112 obras presentadas al concurso de cuentos de terror denominado No voy a poder dormir esta noche (Editorial La Semilla Amarilla - Colombia) . La publicación del libro virtual puede verse en este enlace.

martes, 11 de diciembre de 2012

Microcuentos de Navidad

 


Señora, no puedo extender un certificado de nacimiento en el que figuren dos padres, además el niño requiere un apellido.

–¿Envuelto para regalo? –No, me lo llevo puesto, dijo la anciana y dejó la Tienda de los

Olvidos vistiendo su gala de Navidad.


Despierta, Nicolás, es hora de ir a la escuela. No quiero ir, mamá, no me sale el JO JO JO y todos los niños se ríen de mí.


-¡Ya nació! José, tienes una hermosa bebé. -¿Una niña? ¡Imposible! -Hombre, todo es posible en esta noche tan especial.


-Murió un camello, Su Majestad. -Buscad otro y decídle al Cuarto que nos alcance siguiendo a la Estrella. No podemos esperar.


¿Te sientes mejor? Un poco. Entonces vamos, pasaremos la noche en un establo, es lo que hay. ¿Y el bebé? Lo esperaremos allá.


Vieja, este año no hay aguinaldo. Me despidieron.


Encontramos los regalos en el ropero. Santa no viene esta noche, le dije a mi hermanito y ambos nos pusimos a llorar.


Se quitó el disfraz y la barriga postiza. Bebió sin tregua. Al día siguiente volvió a la amargura de su desempleo habitual.


Emborracharon al pavo, le cortaron el pescuezo y comenzaron el festejo de Navidad. La cena quedó perfecta.
Los dos primeros quedaron finalistas en el Concurso Internacional de Microcuentos 2012 de la Academia de Escritores a través de Twitter.

martes, 4 de septiembre de 2012

El centenario de Rosa Helena



Rosa Helena, mi abuela, era una paz, pero también una angustia; una sonrisa que iluminaba y una entereza que se heredó en la media docena de hijos que nacieron de su vientre y a quienes educó en un hogar ausente de lujos y comodidades; en un hogar. Rosa Helena, mi abuela, era maestra de escuela, de vida y de tristezas que sólo las abuelas saben cobijar.

Hoy, 4 de septiembre, te recuerdo abuela Helena y miro el pasado con los ojos que me heredaste, me regocijo en tu centenario, en el siglo mezclado de vida y de ausencia que te hace tan presente. No olvido que siempre estás, que sigues siendo una mañana clara y una dulce hada. Te fuiste antes de que cumpliera 15, pero hasta mis 14 te  vi sonreír y sufrir de una vejez que no te daba tregua.

Nunca sabré cómo es que hacías los sabrosos queques en olla sobre la hornilla del anafe –no tenías horno–, ni cómo te las ingeniabas para hacer sopa y segundo en esa misma y única hornilla; mamá me lo cuenta una y otra vez y yo escucho sin cansarme. Sí recuerdo la belleza de tu letra escrita, la propiedad con la que te expresabas y la generosidad con la que repartiste amor entre todos tus nietos.

Aquí seguimos, Rosa Helena, admirándote y añorándote como madre, mujer y abuela, como un fueguito perenne que nos arde en el origen y es la luz que no deja de guiar.

jueves, 16 de agosto de 2012

Colección



1
Adela se graduó con honores de la escuela de enfermería. Había pasado los últimos cuatro años entre sus estudios y el trabajo de medio tiempo, sintiendo que su esfuerzo llenaba de orgullo a su madre. Sin embargo, el día de su graduación, su madre no pudo asistir y aunque Adela se puso triste, también se sintió satisfecha por haber conseguido lo que ninguna de sus seis hermanas mayores había logrado: acabar una profesión.
En lugar de su madre la acompañó la vieja Florencia, la dueña de la pensión que la había acogido desde su llegada y en la que Adela alquiló una habitación. Era un pequeño recinto ófrico, escasamente ocupado por una angosta cama, un velador que se caía de viejo y un ropero que estaba peor que los anteriores. Pero a Adela no le importó. Acostumbrada como estaba a la pobreza, aquel cuarto era un palacio que no tenía que compartir con media docena de hermanas y de vez en cuando con algún primo que llegaba de visita o a trabajar al campo.
Después de recordar aquellos tiempos y mientras se alisaba los cabellos frente a la ventana, trató de imaginar lo que vendría: regresaría al pueblo para abrazar a su madre, pero temía que aquel lugar ya no se considerara más parte de ella y mucho menos un lugar para desempeñarse como enfermera.
Le dijo a la vieja Florencia que iría a su pueblo por un par de días, pero que no quería dejar su cuarto, que regresaría pronto a buscar nuevas oportunidades. Florencia la miró con ternura y le dijo que no se preocupara.
Aquella tarde, Adela dejó la pensión para comprar su pasaje y cuando retornó, Florencia la recibió con una noticia:
—Hija, vino una mujer a buscarte. Me dijo que era importante y te dejó este papel.
Adela tomó el papel. Allí estaba escrito el nombre de la directora de la escuela de enfermería y una línea que decía: “Ven a verme, urgente, mañana a las 10”.
La directora de la escuela era una mujer bastante estricta en lo que hacía a la disciplina, pero bastante voluble en lo que hacía a la ética. Adela se preguntó qué urgencia habría obligado a la odiada Señora de las Tinieblas, como la llamaban las alumnas de la escuela, a visitarla.
Decidió aceptar aquella extraña invitación antes de partir hacia su pueblo.

2
Llegó puntual a la escuela de enfermería, el lugar estaba poblado de jovencitas acompañadas de sus madres, todas ocupadas con las inscripciones para la siguiente gestión.
Se compuso la camisa, se limpió la punta de los zapatos con las manos y golpeó la puerta.
—¡Adelante! —gritó la directora desde adentro.
Adela abrió la puerta con timidez y se internó en aquella oficina que era la única de todo el establecimiento que contaba con cortinas. La directora se puso de pie y la saludó con tal amabilidad que Adela creyó que la mujer había enloquecido.
—Pasa, Adela, por favor. Hay alguien que quiero presentarte.
Vio a otra mujer que estaba sentada en una de las sillas frente al escritorio de la directora y que ni siquiera volteó los ojos para verla.
—Adela, pasa —repitió la directora y se dirigió a la mujer que estaba sentada en la silla de visitas enfrente de su escritorio―: Señora Krzyzanowska, permítame presentarle a la mejor alumna que ha tenido la Escuela de Enfermería Irene Sendlar: la señorita Adela Arenas.
La señora  Krzyzanowska posó los ojos sobre Adela con tal frialdad que la joven no pudo evitar frotarse las manos con nerviosismo.
—Irena Sendler, el Ángel del Gueto de Varsovia se llamaba Irena Sendler, no Irene Sendlar —replicó aquella mujer, sin dejar de mirar a Adela y continuó—: Estoy buscando a una enfermera joven, capaz de hacerse cargo de mi madre, que está a punto de morir. ¿Estarías dispuesta?
—La señora Krzyzanowska es descendiente de alemanes —dijo la directora con voz melosa—, me ha informado que no sólo te pagará muy bien, sino que hará un donativo muy significativo a la escuela.
Adela balbuceó un poco antes de comenzar a hablar. El apellido Krzyzanowska le sonó familiar, era el nombre de soltera de Irena Sendler, la enfermera polaca que había salvado a miles de judíos del Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial. Fue lo primero que aprendió cuando inició sus estudios en la escuela de enfermería.
—Yo lo haría, pero primero quisiera volver a mi pueblo a visitar a mi madre.
—Ah, pues muy bien —acotó la directora—, entonces en cuanto vuelvas...
Krzyzanowska se puso de pie y se acercó a Adela. La miró a los ojos y tomándola de los hombros con suavidad, le dijo:
—Mi madre está casi muerta, no hay tiempo que perder. Necesito una persona que la acompañe cuando yo no esté. No quiero que se muera sola.
Adela no supo qué decir en ese instante. El perfume de rosas de funeral que aquella mujer expelía, la mareó.

3
Florencia recibió la noticia de que Adela se iba de inmediato a trabajar a la casa de  Krzyzanowska con cierto temor.
—Pero, ¿y tu madre?
—En cuanto termine, iré a verla. Es una oferta que me cuesta rechazar, un monto de dinero que ninguna enfermera principiante se atrevería a despreciar.
—Pero, ¿ya sabes dónde es?
—No, vendrán por mí en un par de horas, la señora Krzyzanowska vive en las afueras de la ciudad. No te aflijas, Florencia, se trata de una anciana moribunda que requiere un poco de atención y de cariño antes de partir al otro mundo.
—Pero, ¿y cuándo volverás?
—No lo sé, en cuanto me sea posible vendré a visitarte, por lo pronto voy a dejarte la habitación.
Florencia no pudo evitar el llanto, Adela la abrazó.

4
Seis de la tarde. Adela estaba lista y esperando en la puerta de la pensión. Un viento helado comenzó a soplar en el laberinto de conventillos en el que se encontraba la pensión. Florencia quiso acercarse al zaguán para esperar con ella y despedirla, pero Adela le pidió que se quedara adentro si no quería pescar un resfriado. Ni bien hubo cerrado la puerta, la Señora Krzyzanowska se presentó, vestida de negro, en la esquina de la pensión. Hizo una seña con la mano y Adela tomó sus cosas y se subió al lujoso auto que se perdió entre las calles que se abrían paso hasta llegar al centro de la ciudad. El interior del coche estaba impregnado de aquel olor a rosas de funeral que a Adela le ponía la carne de gallina. Sentada al lado de la Señora Krzyzanowska, no se atrevía a decir nada, no sabía de qué hablar.  Krzyzanowska sin embargo, rompió el silencio:
—Adela, has de saber que mi madre es una anciana de casi 90 años, que está ya muy poco lúcida y que evita por todos los medios entablar contacto con las personas que la rodean. Atiéndela sólo en caso de que ella te lo pida, sino déjala tranquila, a ella no le gusta hablar.
El resto del viaje, casi una hora hasta llegar a la casona de los Krzyzanowska, lo hicieron en silencio.
Adela bajó del auto y recuperó un poco de circulación en las piernas zapateando suavemente sobre el césped. Frente a sus ojos, la mansión de color gris, rodeada de un inmenso jardín, se veía como una alucinación; la puerta principal tenía un letrero de cobre que decía: Casa Varsovia.
En cuanto Krzyzanowska descendió, el chófer al que Adela no le había visto la cara, partió y se perdió detrás de la casa.
—Sígueme —señaló la mujer y Adela tomó sus bolsos y la siguió.
En cuanto entraron, Adela se sintió una vez más invadida por ese olor a rosas de funeral que tanto la descomponía.
Krzyzanowska continuó caminando y subió la escalera de caracol, que se desprendía del suelo hacia la segunda planta como si se tratara de una inmensa serpiente. Adela le siguió, hasta que llegaron a una habitación que era mucho más grande que la que ocupaba en la pensión de Florencia.
—Ésta será tu habitación —indicó  Krzyzanowska; se acercó a la siguiente puerta, en el mismo pasillo—: Ésta es la habitación de mi madre —señaló, sin asomarse siquiera—. Como te dije, ella no habla y si se trata de alimentarla, ofrécele los jugos vitamínicos que se encuentran en la despensa de la cocina.
Dicho esto, la mujer desapareció entre los bucles de la escalera de caracol y el coche en el que habían llegado la sacó de los jardines alejándola del caserón. Adela los vio perderse en el horizonte a través de la ventana al final del corredor.
5
No sabía muy bien por dónde comenzar. Acomodó sus pocas ropas en el inmenso ropero de la habitación que Krzyzanowska le había asignado y se dedicó a observar lo que había en ella. Era un cuarto grande con ventanas que daban hacia el jardín trasero de la casa. Le llamó la atención no ver otras edificaciones en las cercanías y se preocupó porque no sabría cómo retornar a la ciudad.
Muy pronto, todas las sombras de la noche cercaron los muros del caserón. Adela se preguntaba cuál sería el mejor momento para presentarse ante la anciana a la que debía atender, pero el silencio era absoluto. La noche cerrada era lo único que podía verse a través de las ventanas. Cuando por fin escuchó unos pasos cansinos, como de anciana, recorriendo el pasillo, abrió la puerta con cierta prudencia, no quería asustar a la madre de Krzyzanowska, pues tampoco sabía si ella habría sido informada de su presencia; pero en el pasillo no había nadie. Un escalofrío ablandó su cuerpo y el olor a rosas de funeral le hizo sentir arcadas. Recorrió el pasillo hasta la escalera y de vuelta hasta la puerta de su habitación y antes de volver a escabullirse en ella, percibió sonidos en la habitación contigua. Se acercó sigilosa a la puerta y aunque hubiese querido tocar con mucho cuidado, los nudillos de sus dedos se precipitaron nerviosos sobre aquel pedazo de madera que la separaba del dormitorio. Sin recibir respuesta, se atrevió entonces a girar la manija. La habitación era una fiel réplica de la que ella ocupaba. La cama y todos los muebles estaban acomodados de la misma manera.
Adela sintió un nuevo escalofrío.
Encima de la mesa de noche, una vela, el único punto de luz que alumbraba la habitación, agonizaba. Sobre la cama y envuelto en cobijas, un cuerpo yacía sin dar señales de movimiento. O de vida. No se le veía el rostro, porque estaba recostado de lado.
Adela se acercó paso a paso hasta el lecho; la voz apenas le alcanzó para susurrar:
—¿Está bien, señora?
Adela apoyó la mano derecha sobre el hombro de la anciana.
Como respuesta, todo el cuerpo se levantó con violencia y giró sobre sí mismo, hasta mostrarse, sin las cobijas, frente a Adela: era la anciana, en efecto, con los ojos abiertos como platos y los brazos extendidos, pero sus labios estaban cosidos de una forma horrible: la cuerda que los surcaba estaba petrificada por una costra de sangre seca.
Adela salió de la habitación gritando y pidiendo auxilio y en cuanto logró alcanzar los peldaños de la escalera de caracol, la figura de Krzyzanowska le cerró el paso, obligándola a retroceder.
—¿Qué pasa? ¿Acaso quiere algo de mí? ¡Déjeme ir! —suplicaba Adela.
—Ocurre, Adela —le dijo entonces  Krzyzanowska—, que soy una de las niñas que el buen Ángel de Varsovia, Irena Sendler, arrebató a su madre para salvarme del Holocausto. ¿Acaso no sabes la historia, Adela? Sucedió durante la Segunda Guerra Mundial, el año, 1939: Irena formaba parte del Departamento de Bienestar Social de Varsovia que se encargaba de atender los comedores comunitarios de la ciudad. Allí comenzó a hacerse conocer como un alma noble que se preocupaba por todos. El Gueto de Varsovia, creado en Polonia por los Nazis en 1942, fue el peor infierno que un ser humano pueda imaginar. Irena fue una de las pocas polacas que ingresó al Gueto.
Adela estaba aterrorizada, confundida, no sabía qué tenía que ver ella con aquella historia.
—La buena de Irena me sacó del Gueto, escondida en un ataúd agujereado, para que pudiera respirar. Me inyectó un narcótico y me hizo pasar por muerta. Junto conmigo, huyeron doscientos niños más y como éramos tantos, Irena envió a la mayoría con otras familias, a diferentes partes del mundo, pero algo salió mal conmigo: las colaboradoras de Irena olvidaron abrir el ataúd para liberarme. Cuando desperté, no podía hablar; alguien me había cosido los labios, no sé por qué, quizá para que no gritara y arruinara todo el plan... y tuve que pasar tres noches de espanto, hasta que me rescataron, Adela; pero olvidemos eso, que ahora es tu turno para acompañarnos.
—¿Mi turno? —preguntó Adela, horrorizada, al momento que veía que Krzyzanowska sacaba del antebrazo derecho de su abrigo negro, un agujón del cual colgaba una cuerda como la que estaba entrelazada en los labios de la anciana.
—Para ser parte de mi colección —respondió Krzyzanowska.

6
Adela no volvió a la pensión ni a su pueblo ni a ningún lugar. Estaría, entre los cientos de cuartos de la Casa Varsovia, resignada a quedarse allí, sin poder escapar, sin intentarlo nunca. Sería parte integral de la Colección Krzyzanowska[1], como actualmente son parte de ella, cientos de enfermeras: mujeres jóvenes, maduras, ancianas, incluso estudiantes de enfermería. Todas, hoy en día, desaparecidas para el mundo exterior. Y todas sin poder hablar.


[1] Más información en www.Krzyzanowskacollection.org

lunes, 30 de julio de 2012

Escondite


La ciudad comparece,
no porque estés ausente,
sino porque te robas los escondites que nadie encuentra.
Son tus rehenes todas las horas que no te he visto,
me has secuestrado la calma,
la parsimoniosa tarea de observar las calles
sin mayor interés científico
Ahora cada vistazo escudriña a fondo las veredas,
las columnas poderosas que sostienen los edificios que le dan sombra a la ciudad
Viendo y reviendo
descubro en las pupilas ajenas
las miradas que un día creí tuyas
¿En qué momento se hizo tan descomunal esta ciudad 
y tan insignificante mi presencia? 

viernes, 6 de julio de 2012

102

Me susurras, Paloma. Por supuesto que no he olvidado tu cumpleaños, el día en que naciste hija de México y de su revolución, hija de aquel alemán tan fotógrafo y de aquella mexicana tan tu madre.
Leona, sigues en vuelo como la gaviota oscura que coronaba tus pupilas, superando a la muerte, a los desamores, y a esos dolores que tu gritaste a colores en todos tus lienzos.
Te susurro, mi Frida preciosa... ¿me has olvidado?

lunes, 4 de junio de 2012

Bertha


Se derrama una lágrima de plomo que se estrella contra el cemento de la sordera y la traición de la propia carne.
Se alzan las faldas mudas de la valentía uterina, de los senos que manan coraje y decisión.
Se multiplican las voces y se confunden con el trinar de los pájaros rebeldes que buscan proteger su nido y la herencia de su canción.
De lejos miran los señores de lengua larga y bota disfrazada, esconden las intenciones que la oscuridad de sus actos termina por revelar. 

jueves, 24 de mayo de 2012

Definitivo

¿Estás segura?, le preguntó él. Sí, respondió ella sin dejar de mirarlo directamente a los ojos. El silencio, como no podía ser de otra manera, no dijo nada y se acomodó cómodo para incomodar. Entonces él se desplomó sobre la banca del parque y ella se fue caminando sin mirar atrás.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Fracaso pedagógico

Yumi le dijo que no sabía besar, pero que podía aprender. Yayo le respondió que el sí sabía besar, pero que era pésimo para enseñar. Así que no se besaron.

martes, 30 de agosto de 2011

El cansancio


El cansancio es un desánimo mala gente,
un desgano autoritario que quiere parecerse a una desesperanza.

El cansancio es una pesadez que se desprende desde el cuello,
arrasa la espalda y se anuda en las rodillas y a veces, en las pantorrillas.

El cansancio desnuda debilidades escondidas,
altera el estado de ánimo y a veces, el ánimo del estado.
Es un sofocón caluroso que chorrea desde la nuca
y se multiplica abriendo poros a punta de escalofríos.

Tan poco original es el cansancio mala gente,
que a veces se atora de temores y quiere parecerse a una tristeza.
  
¿El antídoto secreto? ¡Shhhhh!
... es el decanso...
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