miércoles, 8 de diciembre de 2010

Ocurrencias



I
Se me ocurre que puedo amarte
que te amo quizás,
que hoy te amo y te amé ayer
que te amé en otra vida
en la dimensión del silencio y la caricia

Se me ocurre que la vida es corta para tanto desengaño,
que podría olvidarte y comenzar cada instante una historia,
una nueva historia, una buena historia…
amar al que me ceda camino
olvidar al que me recuerda y sin embargo no camina


II
Ya no me llenan los besos de tu boca,
ya no el paseo dulce de tu lengua por mis labios,
ya no la frescura de tu aliento sobre mi rostro…
todavía espero la palabra, una sola,
un sentido que me demuestre que aún vives, que piensas
que me amas y me sientes,
que me reflexionas y cuestionas
y que no sólo me deseas

Ya no me alimentan tus caricias,
el roce salvaje de tus dedos en mi pecho,
ya no la lectura silenciosa de tus uñas entre mis piernas…

Es la hora de la espera,
y espero el abrazo que me proteja,
que me dé compañía en el tiempo de mi soledad
la mano que antes amante, me dé calor


III
He descubierto tantas cosas en mi vida…
descubrí que la lluvia de campo no es como la citadina.
Una cae apasionada sobre la hierba, sin tregua en la caricia;
la otra desciende furiosa y de prisa.

Descubrí que la primera es dulce
y metálica la segunda,
que la de campo deja huellas que perduran,
que la citadina se acumula entre el cemento y la fatiga.

Descubrí que toda lluvia es mensajera,
que la campesina es intempestiva
y calculadora la citadina,
que entre ambas se descubren y se aman,
que son de agua
de cielo,
misteriosas como necesarias 


IV
Me habrá tomado la delantera esa brisa que me anuncia tu llegada,
habrá pasado ya sin que yo la sienta en mis mejillas
Sin ella me es difícil descubrir tu morada,
el sitio en el que guardas para mí un pedazo de felicidad.

Brisa mensajera, se habrá perdido en el laberinto de la existencia,
quizás quien se ha perdido es quien te busca con tanto afán,
que te supone cerca y siempre lejos,
como se suponen los desconocidos peregrinos del mundo entero

Publicado en la Revista Boreales Nr. 1, Octubre 2010

martes, 23 de noviembre de 2010

Der verdammte Dilettant

Bild: Robert Cárdenas

Dienstag. Herbst. „Der perfekte Tag zum Sterben“, dachte der Helmut. Keine Blumen, keine Kerzen, gar nichts auf den Tischen. Keine Bilder und vor allem, keine Bücher… nichts dass die Aufmerksamkeit ablenken könnte. Nur er, die Zeit und die Geduld. So hat er angefangen zu warten, einfach abzuwarten. Er entdeckte immer wieder die neuen alten Erinnerungen in seinem Kopf, in seinem Herzen. Es waren tolle Zeiten, schöne Erlebnisse. Er erinnerte sich an seine geliebte und verstorbene Emma, an sein kinderloses und trotzdem glückliches Leben… zusammen mit ihr. Er vermisste den gemeinsamen Garten, die Rosen, die Hingabe. Es wurde schon Zeit, seine geliebte und verstorbene Emma wieder zu treffen, dort, im Jenseits. Das Hier-und-jetzt wollte er nicht mehr, es war ihm zu langweilig und farblos. 

18 Uhr. Der Helmut fragte sich: „Wann kommt er denn endlich?“.

19 Uhr. Der ausländische Pfleger kam zum Helmut. Er umarmte den Helmut ganz zärtlich. „Mann, dein Nachbar ist weg!“, verkündigte er. „Was?, Wie denn?, Wann?“, fragte der Helmut enttäuscht den Pfleger. „Vor ungefähr 30 Minuten, Herzinfarkt, blitzartig. Es tut mir leid, Helmut“, sagte der Pfleger und ging aus dem Zimmer.

Der Helmut konnte es nicht glauben, er wollte es nicht glauben. Immer wieder die gleiche Geschichte. Immer wieder die Enttäuschung, die Wut, das Leben. „Was denn jetzt? Muss ich denn weiter leben?“, murmelte er leise und verbittert. „Es kann doch nicht so schwierig sein! Einfach bei mir vorbeizukommen. Mann, du bist ja ein verdammter Dilettant und ich hasse dich!“, sagte er dann ganz laut.

1.00 Uhr. Der Helmut saß immer noch auf seinem Stuhl, so wie eine vergessene Puppe im Kinderzimmer. Das Bild von seiner geliebten und verstorbenen Emma hatte er doch in seiner Hosentasche. Da sieht die Emma so fröhlich aus, mit ihrem weißen Lächeln und ihren tief schauenden blauen Augen. Er nahm das Foto raus und sprach liebevoll zu ihr: „Ach, Emma, meine liebste Emma. Ich muss doch noch weiter leben…!“

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Das ist meine erste "deutsche" Kurzgeschichte überhaupt.
Este es mi primerísimo relato breve en alemán.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Ese lugar, llámese Macondo, la Tierra Media, El Idilio o Copiapó...



Me gustan los libros que me atrapan en un lugar sin salida. En un lugar al que no se puede llegar o del que no se puede salir sin tener que cruzar un río, escarpar un monte o hacer un largo viaje. Ese lugar, llámese Macondo, la Tierra Media, El Idilio o Copiapó está descrito en la novela del chileno Luis Sepúlveda (Ovalle, 1949), Un viejo que leía novelas de amor. He leído la segunda edición de 2009 de la novela que el autor publicó en 1989 y que se convirtió en su obra más vendida. Se trata de un texto corto, un libro con rasgos autobiográficos y ecológicos.

Me gusta Antonio José Bolívar, el protagonista, el viejo que leía las novelas de amor. Lo conservo como la perfecta imagen de una salvaje dulzura; de una soledad verde y húmeda (¿será un cronopio?); de una íntima sabiduría indígena... prestada de los indios shuar, habitantes de la región amazónica en la que se desarrolla la trama. Un hombre con el que me habría encantado conversar, de atreverme claro está. Me conmueve la fotografía que conserva de su mujer, la tristeza que provoca la esterilidad de su vientre y la soledad en la que Antonio José Bolívar se acomoda tras el decreto irremediable de su viudez prematura.

Me gustan los párrafos que describen el asimilamiento de Antonio José Bolívar en la selva amazónica y sobre todo su hermanamiento de saberes con los indios shuar a los que les debe la vida y también de establecimiento estricto de una fundamental diferencia: Antonio José Bolívar es como los shuar, pero nunca será uno de ellos..

En la cabeza me han quedado además, las figuras sabrosas y grasosas del dentista rompemandíbulas y del alcalde gordo y “baboso”. En especial recuerdo al primero, Rubicundo Loachamín y la singular imagen de un odontólogo “matabocas” y gritón, la blancura de su mandil incrustada como piedra en el exuberante verdor de la selva; y como si se tratase de un fruto exótico con cáscara verde y pulpa blanca, la rojez de su jugo: la sangre brotando de las mandíbulas de los infelices pacientes que caían por voluntad propia en sus manos. Parece imposible, pero las manos de ese carnicero son las mismas que cargadas con novelas de amor secuestradas de la civilización le iluminan mes tras mes el rostro a José Antonio Bolívar. Novelas de sufrimientos sentimentales y corazones partidos, pero eso sí y es la exigencia del protagonista, con final feliz. Dulce y hasta frágil ocurrencia para un ser como él, habitante de la más salvaje fauna y flora que alguien se pueda imaginar.

Aunque no soy devota de las novelas con mensajes pedagógicos medioambientales o moralejas de fábula, ésta lo hace de una manera magnífica, incluyendo al/la lector/a en una protesta válida y de defensa legítima de esa fauna tan sobrecogedora del Amazonas y que sin embargo me es tan lejana y poco conocida. Me gusta que sean los “gringos” los villanos de la novela, porque lo son además. En sus películas los maleantes, vividores, asesinos, narcotraficantes y toda clase de pestes siempre tienen apellidos y acentos latinoamericanos, Sepúlveda hace por eso justicia en El Idilio, así llamado el pueblo amazónico en el que se desenvuelve la novela.
 
Para mí la gran figura femenina de la novela está hermosamente encarnada en la tigresa-tigrilla doliente. Es una feroz representación de lo que muchas hembras (sean éstas de cualquier especie) enfrentan día a día: la viudez, la orfandad, la soledad, el dolor, la impotencia, la tristeza, la muerte.
 
Nunca he estado en la selva amazónica, pero en El Idilio de Sepúlveda tanto me he empapado con las generosas y vastas lluvias tropicales como he temido a la grotesca y asesina furia de los monos. Es una novela entrañable y a la vez capaz de hacer sentir un universo de desamparos y miedo, allí, en ese lugar al que no se puede llegar o del que no se puede salir sin tener que cruzar un río, escarpar un monte o hacer un largo viaje.

Reseña publicada en: Urbandina, Zona Literatura y el periódico La Patria.

martes, 12 de octubre de 2010

El velorio

http://zonaliteratura.com.ar/?page_id=895
Comenzaron a llegar. La puerta entreabierta y el pasillo angosto se llenaron de murmullos, de suspiros y risitas apagadas.
Las viejas con tacones, negras de la cabeza a los pies rezaban avemarías y padrenuestros sin agotar la saliva. El silencio se incomodaba ante la letanía.
          Dios te salve María,
          llena eres de gracia…
Los cirios y las flores se disputaban el ya pesado aire que flotaba en aquella pieza. Los claveles en especial, yacían tibios entre la humareda de las velas que esparcía el olor de los inciensos.
Las moscas revoloteaban sobre el ataúd como buitres carniceros; posaban su estiércol sobre la oscura madera y emprendían vuelo hasta el cristal de la cabecera, debajo de aquél la cara del muerto parecía protegida.
Entraban y salían las primas y sobrinas, todas de luto como hormigas; entraban y salían las tazas del café y los caramelos de anís.
La viuda cogió un tabaco, acercó una de las velas a su rostro y lo encendió sin reparo. La dolorosa suegra la miraba vigilante y rompió en llanto cuando la vio fumar.
–¡Pobre! –dijo uno de los curiosos.
–¿Pobre quién? –respondió otro diligente– ¿La suegra o el muerto? –continuó con malicia
Las caderas de la viuda se erizaron sobre la silla que la sostenía. Su falda comenzó a bailar camino a la cocina. La huella de su perfume se tejió con la del cigarro y los ojos de muchos voltearon sin disimulo, las miradas que la deseaban.
–¡Por Dios que es bella! –soltó uno mientras le chorreaba la baba sobre la corbata.
–Y ahora viuda –señaló otro.
La suegra parecía escuchar todo el cuchicheo y a cada punto final le seguía un grito desgarrador.
–¿Y qué le pasó pues?
–Se murió…
–Dicen que estaba enfermo…
–¡Qué enfermo ni que nada!
–¿Entons?
–Mucha hembra para el condenado… ja ja ja ja
En la cocina las parientas vieron entrar a la viuda y giraron sus narices y caras por sobre el hombro. A ella parecía no importarle, se acercó hasta el fogón y se sirvió una taza de café. Su rostro revelaba serenidad y una hermosura que todas envidiaban.
Con el mismo aire de reina con el que había entrado dejó la cocina entre los comentarios de las dolientes. Volvió al lugar en el que estaba, casi al frente de la cabecera del ataúd, miraba en silencio a los presentes y parecía estudiar sus actitudes, adivinar sus pensamientos. De rato en rato vigilaba su reloj, apostada en la silla de madera, apoyó el mentón sobre la palma de su mano izquierda y al mismo tiempo cruzó la pierna. Su redonda rodilla despertó aún más las inquietudes ya alborotadas.
Así pasó algún tiempo, la sangre del muerto se coagulaba con cada segundo y su faz tomaba de a poco un color amarillento y desagradable; sonidos extraños provenían del interior de su cuerpo.
Como avisada por instinto, la viuda se sobresaltó de pronto y se puso de pie, sus ojos negros coquetearon con la puerta. Al poco tiempo entró un hombre bien parecido y moreno. De negro como la mayoría de los dolientes, se acercó hasta ella y la abrazó.
–María… –le susurró al oído con un jadeo mientras le frotaba la espalda sensualmente y continuó. –Hemos esperado tanto por este momento. Con cada palabra que pronunciaba sus manos se deslizaban desde los hombros hasta la cintura y así la presionaba contra su cuerpo, sintiendo sobre el suyo las formas carnosas de la reciente viuda. No pudiendo aguantar más el deseo la besó ardientemente y ella le correspondió acariciando su cuello, cerrando los ojos, humedeciendo sus labios, derramándole pasión.
Un nuevo alarido de la madre del difunto la despertó del sueño. María, la viuda abrió los ojos y se sonrió en silencio. Tomó asiento de nuevo y continuó la espera. Más tarde, cuando ya la noche comenzó a cansar a los acompañantes, apareció aquel hombre bien parecido y moreno que María había visto en su fugaz sueño. Se puso de pie y un suspiro profundo le llenó la boca. El hombre se acercó hasta ella y sus miradas se tejieron despidiendo chispas y corrientes eléctricas que iluminaban aquel rincón.

De nuevo sobresaltada se reclinó en la cama y se secó la frente, sus senos yacían húmedos bajo su tibio camisón. Volvió a reposar sobre la almohada y sintió un frío intenso que la penetraba desde el lado contrario del lecho. Volteó lentamente como presagiando el suceso. El hombre que la acompañaba permanecía inmóvil y helado entre las sábanas, muerto como lo había deseado hacía tanto tiempo. Enseguida tomó las ropas negras que tenía reservadas en el cajón del ropero. Saltaron de entre los pliegues las bolitas de naftalina blancas y se perdieron rodando, rodando debajo de aquel mueble.
Vistió las prendas como quien estrena algo nuevo y se miraba de un lado y del otro en el espejo. Soy viuda, pensó y sonreía sin parar.
          Bendita tú eres
          entre todas las mujeres…

Relato finalista del concurso "Un cuento en mi blog"  publicado en el libro del mismo nombre.

sábado, 31 de julio de 2010

Carmen Helena

En algún lugar de Caracas cuyo nombre no conozco nació hace ya casi cien años Mamá Carmen, y ese mismo día nacieron también mis hijos, los bisnietos, o por lo menos una mitad de ellos, pues en algún lugar de mi pequeño Oruro hace ya casi cien años, nació la Abuela Helena y con ella la otra mitad de mis vástagos, los bisnietos. El misterio de la vida y el de la muerte sin embargo, no permitió que los bisnietos conocieran en persona a sus bisabuelas. Estando en lugares tan bellos y tan distantes, las bisabuelas tampoco llegaron a conocerse en persona, aquí en la Tierra. Me las imagino en el Paraíso, conversando, cantando, cocinando exquisiteces, compartiendo recetas y los secretos culinarios de las hallacas, las humintas, el pan de jamón, la lagua de choclo, las caraotas, el ají de fideo. Estarán –quizás– mirando a través de las nubes, apoyadas en la luna con los ojos dirigidos a sus raíces: las pupilas claras de Mamá Carmen y las oscuras de la Abuela Helena, estarán sonriendo, bendiciendo, guiando.

Abuela Helena, me arropan todavía en el recuerdo la dulzura de tu cariño, tu paciencia, tu dedicación y tu entrega. De ti tengo los ojos y la flor con la que adornaste mi segunda gracia.

Mamá Carmen, te conocí muy poquito, pero te conocí… como el grueso tronco de un frondoso árbol, como la vena que sigue viva, que late y se renueva. 

Seguro esperan ansiosas la caída de las noches para derramarse desde arriba y caer en forma de caricias sobre las mejillas de sus tataranietos, bisnietos, nietos y de sus hijos. A veces las confundimos con lágrimas y hay quienes nos bañamos de ellas en ocasiones diversas. Me las imagino compartiendo pesares que ya no duelen, pérdidas que allá arriba ya no hacen falta, criando hijos que se marcharon antes y después de ellas, enviando ángeles y escondiéndolos en los rincones que menos nos preocupan y que más nos acechan. La abuela Helena revivirá los largos días de su vida en la Mina San José, las noches de escuela, las madrugadas de trabajo, los carnavales y los viajes de familia hasta el santuario de Cala Cala. Mamá Carmen recordará las olas del mar, la brisa, la arena, el alegre bullicio de las fiestas y de los niños, de los turpiales coloridos de su patio.

Juntas suman 18 hijos, 33 nietos, 40 bisnietos y 2 tataranietos… semillas que florecen cual jardín inmenso. Dos vientres que se multiplicaron, dos corazones que no hallaron límites para el amor y la entrega; para la entereza. Dos mujeres, dos abuelas, dos raíces, dos mareas.

En la sinuosa y traviesa silueta del destino, los caprichos del corazón parecen no tener cabida, dos de los frutos de las abuelas que durante su niñez jamás siquiera lo soñaron, se encontraron al otro lado del gran charco, en una tierra ajena se enamoraron, se vivieron, se casaron y también se multiplicaron. Dos hojitas tiernas y verdes –como muchas de las que siguen creciendo en esta maravillosa enredadera– son los bellísimos hijos que Papá Dios nos ha regalado.

Carmen Helena, un solo corazón que palpita incansable; savia mística que no conoce de fronteras.

martes, 13 de julio de 2010

Autorretrato con Frida


A Frida le dio la gana de nacer tres años después de la fecha en la que su madre la parió. No era el ánimo superfluo y banal de las mozas que le añaden destiempo a su vida y al inexorable paso de los días en su piel. A Frida le movía el vendaval  revolucionario de principios del siglo XX, el halo sangriento y señero -a penas romántico- de las luchas liberadoras y de reivindicación patriótica nacionalista de 1910 en contra del “Porfiriato”, el régimen dictatorial que el General Porfirio Díaz iniciara en México en el año 1876.

Hasta el último de sus días y desde el primero en el que tuvo conciencia de la Revolución Mexicana de 1910, Frida decidió que su nacimiento tuvo lugar en el año de 1910, el 6 de julio de 1910; así se hizo hija adoptiva de la recién nacida madre revolución y mamó de ella las mieles de la rebeldía y la liberación que, en su caso, la acompañaron en cada pincelada que la muerte le permitió deslizar sobre el pálido lienzo de sus dolores, de sus horrorosos sufrimientos y de sus amargos desamores. En respeto a su revolucionaria voluntad de nacimiento, este homenaje co-biográfico a los 100 años que hubiese cumplido en estos días de no haber sido por los trágicos accidentes que tanto el amor como el tráfico mexicano le obsequiaron durante su juventud.

Autorretrato con Frida o la senda que Frida me permitió y todavía me permite recorrer a su lado, admirándola y descubriéndola cada vez un poco más, reencontrándola, reviviéndola, resucitándola… como amiga, como amante, como Frida, la paloma a la que los colores de su vida nunca la defraudaron para poder volar.

1997, principios de junio y de mi última vacación como estudiante universitaria, estaba a punto de partir al Chaco boliviano para llevar a cabo mi trabajo de campo para mi tesis de grado. Durante una de mis caminatas citadinas, casualmente encontré  un aviso de papel pegado en alguna pared informativa y abandonada de La Paz. Se anunciaba el inicio de un Taller de Expresión Literaria dirigido por un uruguayo, al que puedo llamar con confianza Pipo y cuyo nombre verdadero es Washington Estellano. Las inscripciones estaban abiertas y el día de inicio era, precisamente, aquél al que le quedaban unas cuantas horas para expirar. No lo pensé dos veces. Me puse en camino en busca del lugar en cuestión. Para mi suerte, el Espacio Cultural Creativo donde tendría lugar el taller, se encontraba en Sopocachi –un entrañable pedazo paceño–, tierra de mis dominios durante aquellos años. Toqué el timbre y tras la reja que hacía de puerta de entrada, se extendió ante mis ojos un largo y angosto pasillo de cemento a través del cual vi salir la diligente y amable figura de Pipo. Le dije que allí estaba para hacer el taller, me invitó a pasar y así empecé mi primer y único taller de expresión literaria al que he asistido hasta la fecha. El grupo era básicamente femenino, todas mujeres, muchas bohemias, algunas un poco locas, otras medio raras, un puñado de geniales. Mi memoria me traiciona con los nombres, pero no con las caras, casi estoy segura de que si las volviera a ver, las reconocería en seguida.

El taller era mi terapia, un escape acogedor y maravilloso en el que podía hacer lo que más me gusta: escribir. En la segunda o tercera sesión, tertulia podría llamarle también, Pipo nos había hablado de la obra de Elena Poniatowska, la escritora mexicana, de nacimiento parisina y de convicción periodista. Interesada por conocer más de Elena, le pedí a Pipo que me prestara alguno de sus libros. El único disponible era una biografía de Frida Kahlo  –un nombre para mí desconocido hasta ese entonces– escrita por Poniatowska. ¿Frida Kahlo? Sin tener un ápice de idea comencé a leer su biografía cuyas páginas devoré en sólo unos cuantos días, todavía me recuerdo con el libro cerrado y apretado contra mi pecho, llorando sin consuelo y con amargura, tendida sobre el cubrecama de flores que yacía silencioso y cómplice sobre mí lecho. La última página de aquella primera biografía significó el adiós a la Poniatowska y el inicio de mi segunda religión… Frida. 

Así te conocí, Frida, Friducha, mucho antes de la parafernalia inaudita que los medios y los hombres han hecho de tu nombre, de tu dolor y de tus sueños. Así… sigilosa y serena, pero también cual furibundo enigma que me sacudió todas las fibras. Así aprendí a reconocerte, tan hembra como criatura, la niña Frida, la furia Frida, Frida… así, tan llena de esa fortaleza sobrehumana a la que muchas veces acudo en acto de contrición por el rosario de quejas que las minucias de la vida me obligan a espetar.

A partir de 1997 inicié una verdadera persecución bibliográfica de Frida, la busqué en librerías, en suplementos culturales de periódicos, en alguna que otra actividad cultural. La Internet me era por entonces, una herramienta todavía lejana a la que no le tenía mucha confianza. Cada vez que pensaba en ella, me parecía imposible que una mujer de esas magnitudes hubiese existido de verdad. En sueños me imaginaba el timbre de su voz, la espesura de sus cejas interminables y que a ella le gustaba dibujar como una gaviota oscura y malagüera circundándole los ojos; sus coloridos trajes de tehuana, sus trenzas oscuras y recogidas en amarros que coronaban su cabeza. En sueños visitaba su Casa Azul ubicada en Coyoacán, México; todavía se me pone la carne de gallina nada más pensar en posarme de frente a uno solo de sus autorretratos. Este sueño lo es aún, pero ya me he prometido acabar con él a punta de de ese viaje imprescindible que algún día será.

2001, principios del mentado siglo XXI, tuve la oportunidad de vivir en Madrid y allí volví a encontrarla. En una de las librerías más grandes de España adquirí buena parte de los libros de mi colección: biografías, tratados breves de crítica plástica sobre su obra y la relación con sus conflictos interiores, recopilación de imágenes y fotos de su vida: padres, hermanas, amigos, novios, exposiciones, viajes, hospitalizaciones, terapias, etc., y apologías femeninas que recuperan a la mujer Frida, antes que a la artista entre otros. Uno de los que más añoro es la reproducción a colores de su diario íntimo: puño y letra de Frida.

En Madrid asistí dos veces a una obra de teatro sobre su vida, “Frida”, una puesta en escena rústica y sentida que me dejó en el mismo estado en el que concluí la lectura de la primera biografía. La volví a ver en las tablas del dramaturgo Humberto Robles en una obra bellísima titulada “Frida Kahlo: Viva la Vida”, un despliegue escénico mayor y mucho más elaborado que el primero que aprecié y sin embargo un tanto menos emotivo para la devoción de mis lacrimales.

En España fui además, desgarrado testigo de la severa y premonitoria sentencia que la dramaturga mexicana, Jesusa Rodríguez expresara hace algunos años atrás: La globalización ha convertido a la pintora Frida Kahlo en la Barbie del Tercer Mundo, ha ´fridatizado´ su imagen porque se vende en llaveros, postales y camisetas…”, en tazas como la que me sirve para desayunar; en agendas, como la que conservo sin usar; en replicas de sus cuadros, como la que todavía espera un lugar de privilegio entre las cuatro paredes de mi hogar; en pendientes, como el que cuelga de mi cuello en día especial. “Fridomanía”, ¡qué tristeza!, siento además un poco de rabia, otro tanto de impotencia, celos y un pellizco de vergüenza, sobre todo porque en uno de los caudalosos desbordes de mi niñez que me resisto a embovedar, la Barbie ocupa un lugar.

2002… la herejía continuó. Salma Hayek –actriz mexicana, una de las tantas Barbies a la Hollywood–  se hizo de Frida en una película que desvanece sin compasión la esencia de su vida y la magnitud de su obra, un guión que en nada merece llevar el nombre de Frida, que la hace ver como a una mujer embadurnada de desesperos amorosos y lésbicos, que nada muestra de su íntima relación con la muerte, del grotesco exorcismo de sus dolores a través de sus autorretratos. Me resistí a verla –con fiereza– durante los primeros meses después del rimbombante estreno de la película en las salas de Madrid. Me negaba rotundamente a escuchar comentarios sobre el film, hasta que las primeras aberraciones terminaron por hartarme y decidí ir a verla –sola– para destilar a mis anchas el veneno que me producía ver las insultantes curvas de la Hayek en un descolorido y fracasado intento de Frida.

Todavía habitando la incansable Madrid, el cantautor español, Pedro Guerra me endulzó el mal sabor de la película con su canción “El elefante y la paloma”, he aquí las estrofas que más a ella me saben:

A Frida le duelen los huesos
y mirándose al espejo pinta todo su dolor
A Frida le duele la vida
y aprendiendo de su herida llena todo de color
Frida miró al elefante y empezó a desdibujarse,
pero nada le importó
Diego miró a la paloma y la amó entre tantas cosas,
entre el lienzo y la pasión
Frida descansa en el lecho y se pinta hasta en el pecho
con tal de sobrevivir

Joaquín Sabina, otro cantautor español también le añadió a mi recién recuperada dulzura, otra pizca de Frida a través de su "Boulevar de los sueños rotos":

Por el boulevar de los sueños rotos
pasan de largo los terremotos
y hay un tequila por cada duda.
Cuando Agustín se sienta al piano
Diego Rivera lápiz en mano,
dibuja a Frida Kahlo desnuda. 

2004, durante los primeros aprestos de la primavera europea volví a saber de ella. Esta vez en mi segundo destino de autoexilio: Alemania. Partí de Karlsruhe en dirección a una de las ciudades más llamativas y visitadas del sur de Alemania, Heidelberg, cuya renombrada universidad auspició la exposición “Frida – Mi vida” de la pintora alemana Renate Reicherts. La exposición no me disgustó, la consideré como un acercamiento diferente a Frida, un recorrido a través de un puente, un contacto con intérprete. La obra de Reicherts plasmaba con técnicas mixtas y en formato breve (23x29cm.), diferentes composiciones de un mismo cuadro: Las dos Fridas, que Frida pintó en el año 1939 y que de alguna manera recuerda a la amiga imaginaria que la escuincla Kahlo frecuentaba en su fantasía durante los primeros años de su niñez y cuando por entonces el dolor era para ella una dimensión absurda y sin sentido. Las dos Fridas son el testimonio de una de sus tantas crisis de escisión provocadas sobre todo, por Diego Rivera, su Diego, su niño, su yo.

Antes de que el 2004 se terminara de ir, la mitad de noviembre me susurró otra vez su nombre. Como ya me había ocurrido en otras ocasiones, me enteré un día antes de que ya fuera demasiado tarde, del concierto que iba a dar Lila Downs en el Tollhaus, un centro de actividades culturales de Karlsruhe. Lo pensé dos veces, se trata de la cantante mexicano-estadounidense que interpretó –entre otras– la famosa canción “La Llorona” en la película de Frida, quizás el único detalle que aprecié positivamente de aquel rodaje para olvidar. Mi instinto me advirtió que debía dejarle a la duda su lugar y no se equivocó, ¡no se equivocó! Lila Downs me trajo de nuevo a mi Frida, aquí en la fría latitud del amargado individualismo y la soledad patológica. Después de aquel concierto inolvidable, tuve la oportunidad de entrevistarme con Lila y de cobijarme con la sencillez de su cálida personalidad, no era Frida, pero sí alguien que me hacía sentirla con sólo hablar. Repetí la experiencia musical en el verano del 2008, esta vez sin entrevista, pero con el mismo embeleso y la emoción de estarle transmitiendo a mi segundo hijo –anudado todavía en mi vientre– mi pasión por Frida y de alguna caprichosa manera, mi gusto por la música de Lila quien se ha sumado ya a mi lista de mujeres indelebles e imprescindibles que secundan –de bien lejos– a Frida.

2006, mediados del otoño en Alemania… finales de noviembre en el calendario. Mientras disfrutaba de mis primeras lides de maternidad con mi primogénito, se apareció el azar para mandarme a un viaje inesperado. Empujando el cochecito de mi niño comencé a conocer la pequeña  y remota ciudad de Pforzheim en el Sur de Alemania, allí donde naciera en 1871 el padre de Frida, Wilhelm Kahlo, “Aguillermado” a la mexicana, ante la dificultad que les ofrecía a los lugareños la pronunciación de su gracia. Otra vez me desplegué pensando en ella, en el origen alemán de su nombre: Frieden que en castellano significa paz y que Guillermo Kahlo tuvo que cambiar por Frieda ante la negativa de la autoridad civil mexicana de registrar con ese nombre a una niña. Pforzheim…pienso en Frieda que terminó por ser Frida, en la disciplina heredada de su padre, en el gusto que gracias a él adquirió por la fotografía, en su apellido y en ese Pforzheim tan opaco e insignificante que súbitamente se ilumina y me ilumina, que guarda un pedacito de su semilla y de su existencia, aquí en la latitud de lo que ya se sabe.

2010, tengo casi una treintena de libros –que amenazan con multiplicarse–  repartidos en dos continentes, escritos en dos idiomas y con un único sentido: Frida. La mayoría de ellos están dedicados a su singular obra pictórica y los menos a su pluma, porque Frida, la paloma, también fue –a su manera– una exquisita escritora de epístolas, de prosa y de verso. Frida escribía con palabra cariñosa y acogedora… tan como ella, sin expresión rebuscada ni frase compleja, nada comparado con la letra de su pintura… que para eso había tenido suficiente con el laberinto imposible y caprichoso de su vida, de su cuerpo atravesado, de su columna partida, de su maternidad abortada y de su rotundo amor por Diego, ese espantoso elefante.

13 de julio de 2010, 56 años han pasado desde que la Pelona te recogió de tu Casa Azul y te llevó para siempre, Frida. Y un poco más de dos sexenios desde que me convertí a tu vida. Gracias, Frieden por los 44 años que a ti te dieron la gana de tener a la hora de tu muerte, por tu pasión por la vida, por tu valiente entrega al amor y de tus desafíos irreverentes al dolor… Donde quiera que vueles ¡gracias!
 

miércoles, 30 de junio de 2010

Ensayo breve sobre la Historia

¿Qué sería lo primero que pensaría si me invitaran a hablar de Historia? Que me sabe a pudín de menta y chocolate, porque la menta me abre las vías respiratorias hasta el mismísimo cielo y el chocolate me envicia sin control alguno.

¡Ay, suspiro! La Historia me seduce, me amedrenta, me enamora, me maltrata… y no tengo más remedio que reconocer el poderío de su existencia. La historia de los últimos nueve años de mi país la he tenido que vivir de bien lejos, devorando noticias que aparecen a borbotones en la Web, llamando por teléfono a mi madre para corroborar datos, verificar fechas, almacenar hechos. Eso de que ojos que no ven, corazón que no siente es una pamplina mayúscula cuando se trata de historia.

No puedo sino concederle a mis compatriotas que están en la Patria, la ventaja de la ubicuidad: ell@s están allá, yo estoy aquí, pero soy tan boliviana como ell@s y desde donde estoy lo proclamo. Me niego a resumir la historia de mi país en un par de líneas, sería impuro; pero me tienta salvajemente decir que la nuestra es una historia de despojos a colores, de egoísmos ancestrales y arrogancias grotescas y monstruosas; sin embargo creo que en los últimos diez años el país ha remontado ciertos retrasos que nos hacían ver siempre el mismo y endeble norte, el mismo rosario de quejas y sinvergüenzas en el poder. Se han desempolvado también otros muchos rezagos que tanto nos hunden como nos inmovilizan. Pero estoy convencida de que se trata de otra Bolivia, con otros protagonistas y un guión que sigue a ciegas –en muchas escenas–al verdugo de la improvisación… ¡es cierto!, es así y con todo, no puedo sino abrir más los ojos y creer que todo esto está pasando de verdad en el país, que al fin ha cambiado algo, que el Evo está donde está muy a pesar de los “doctorcitos” y los blancoides de siempre.

He aquí mi ventaja de ubicuidad: la imagen de Bolivia desde afuera ha dejado de ser la postal de la llamita blanca y el indiecito “paspado” y poto pelado ante la majestuosa imagen del Illimani; Bolivia no es sólo la chompa a rayas del Evo; aquí se habla de Bolivia y no sólo para comentar una catástrofe medioambiental o la Masacre de Porvenir, Bolivia ha empezado a existir con nombre propio y una polémica sugerente, así… haciendo historia de la que vale, se siente y se defiende.

lunes, 7 de junio de 2010

Ensayo breve sobre la tristeza


Cuando luchamos para que las pequeñas y las grandes tristezas que nos acechan no se conviertan en un presente constante que nos nubla la mirada y nos achica el corazón, recurrimos usualmente a las lágrimas que no son otra cosa que tristezas en estado líquido que se expulsan por lo ojos. En otros casos nos construimos en el alma un cuartito secreto repleto de tristezas y al que acudimos a veces voluntariamente para sentirnos un poco solos y un poco vivos, porque las tristezas son manojos de sentimientos que en cierto momento nos permitieron hacernos un poco más humanos, un poco más sensibles y un poco más miedosos.

Una tristeza no nos hace valientes, una tristeza nos insinúa con diplomacia lo débiles que podemos llegar a ser, lo vulnerable que se presenta nuestro corazón ante un hecho doloroso e irremediable como la muerte, lo implacable que es la realidad y lo desastrosos que pueden verse sus encantos cuando no llevamos puestos los cristales de la mentira.

Cuando pienso en mis tristezas, me pongo triste… cuando las reviso, se me escapan los recuerdos y las lágrimas y termino siempre rodeada de ese miedo odioso que nunca sé cómo superar; ese miedo del que no puedo hablar con nadie por un segundo miedo aún más grande a ser la protagonista de una tristeza aún sin engendrar. ¡Ay, suspiro! No es tan complicado como parece y al mismo tiempo no es tan sencillo como quisiera. Aquí se me traba la inspiración… revueltas como están mis tristezas en este momento de confesión, no puedo sino recordar las que en los últimos años me han dejado una huella de verdad bien profunda, una marquita chillona que acomodo en orden alfabético junto a otras allí, en el único estante amarillo que decora mi cuartito secreto de las tristezas… sólo dos nombres, entiéndase dos ausencias, para después volver a cerrar la puerta de este cuartito tan insoportable: Gaby (mayo 2010)… Teresa (junio 2009).

domingo, 16 de mayo de 2010

El viaje

Viernes 12 de febrero de 2010

La última nevada del invierno ha caído hoy sobre las grises calles de Karlsruhe… sigue cayendo. Desde el fondo de mi corazón deseo que de verdad sea la última, porque a pesar de que mis hijos han disfrutado de la nieve con sus juegos y sus dulces ocurrencias, nos hace falta ver y sentir los rayos del sol. Desde que llegamos no hemos visto el color del cielo, no sabemos si por encima de la opaca cobija que lo cubre, el azul infinito que nos llenó las pupilas día a día en nuestros Sures se expande también en Europa.

Del maravilloso viaje que concluimos hace exactamente una semana nos quedan todavía vivos recuerdos, sobre todo impresiones, sensaciones, sentimientos. Han sido dos meses inolvidables e intensos. Hemos recorrido pedacitos de dos países inmensamente bellos y añorados, hemos recogido de cada encuentro y reencuentro con las personas que queremos y extrañamos un puñado de cariños y afectos que nos hacen falta en la frialdad del primer mundo, este caprichoso primer mundo que ha hecho que Bolivia y Venezuela tejan un lazo tan singular.

Llegamos primero a la ardorosa Caracas, a celebrar el cumpleaños del abuelo John, a hornear strudel alemán con ingredientes venezolanos, a desempacar y reempacar para irnos a La Paz.

La cordillera que nos dio la bienvenida en Bolivia nos permitió rozar el cielo con las manos, fueron cuatro mil y pico metros de alegrías, también de sorojchis o mal de altura. Visitamos las ruinas preincaicas de Tiahuanacu, disfrutamos del cálido clima de Santa Cruz, hicimos bautizar a Simón Ernesto, pasamos Navidad en familia. Ahora Camilito sabe mejor que antes que el Niño Jesús le trae sus regalos, sabe quiénes son María, José y los tres Reyes Magos, le gusta más que nunca la pasancalla = cotufa boliviana y entre otros felices sucesos, recibimos el nuevo año ante las místicas aguas del Lago Titicaca.

A Venezuela llegamos con el año recién estrenado y pudimos ser parte de los tradicionales desayunos de año nuevo de “la Muñocera”, de cerro a cerro, Junquito y Mampote. Trepamos “un cacho” = un pedacito del Ávila, visitamos el Museo de los Niños, el Parque del Este y el ExpanZoo. Casi al final de nuestra travesía, nos fuimos a la playa, a disfrutar de las tibias y claras aguas del Caribe y a aprender un poco de la cultura playera que esta servidora, hija de un país sin mar, tiene a bien aprender. También celebramos el cumpleaños de Camilo papá. En Venezuela Camilito saboreó la pasión Leo leo leo y ahora practica el béisbol todas las noches con su papá, no sin antes vestir su camisa y cachucha de Caraquista.

Para nuestros hijos, especialmente para Camilo, la idea de familia grande se ha hecho de carne y hueso y se ha extendido en abrazos y besos, si antes de ir sabía bien quiénes son su abuela Ana y su abuelo John, ahora sabe con nombres y sentimientos lo que significa tener primos y primas, ti@s-prim@s, tíos y tías.

Hasta aquí mi lata, yo sé que no he escrito todo, porque todo sería mucho y mucho es lo que nos queda guardado en el corazón.

¡Gracias por todo familias queridas!

Ana Rosa, Camilo, Camilo Humberto y Simón Ernesto

P.D. Tras dos meses de “libertad sin amarras”, Simón no quiere saber de ir con cinturón de seguridad y sentado en la sillita del auto, ni modo, a Camilo papá le toca conducir con tremendo concierto de quejas y llantos.
P.D.1: Tras dos meses de luz y colores, Camilito nos pregunta que por qué se pone tan oscuro a las seis de la tarde.
P.D.2: Tras dos meses de haber compartido con tod@s ustedes, estamos felices.

sábado, 15 de mayo de 2010

En procura de recuperar mi puño y letra de los 90: De reflexión a reflexión

De aquí me sale, del mismísimo corazón, éste que tan maltrecho se me hace en ocasiones diversas y de locura extrema, de ceguera difícil y parpadeo candente.

Me declaro dispuesta a amar, me declaro en armas frente a la vida y de pie en medio de mi circunstancia. Me supongo amada, pero no por el amor que se traza entre los hombres y por sobre ellos, me suponga amada por la vida, seducida por su energía oculta, mágica verdad.

Ya hice promesas de última lágrima mundana, del llanto que se hace vacío, sin recorrido ni recurrente, ahora milito con el llanto de la existencia, pero de aquel que se hace de entrega, de reporte silencioso en camino de presente, de aquel que no teme amar, que no se limita, que es libre y sin embargo mío, sólo mío.

La espera es un sendero sin atajo y por ello difícil; la búsqueda sin embargo, es el camino que circula, el que te marca la llaga y la huella, el que retrocede y te llama, y te enciende y te apaga. El manto que te cubre por debajo, las plantas de los pies, la pesquisa que usa de tu cerebro.

No es vana la herida que ha sangrado cuando sobre ella plantas la semilla que te devuelve la felicidad, que te recuerda el dolor y te grita que estás en vida, que no todo ha sido daño, que quedan en el centro los caminos que no has recorrido y que allí aguardan cargados de sueños, con nuevos seres que conocer y amar y quizás que olvidar.

Que quien te ha hecho daño no sea la fuente de la tristeza, sea más bien y mejor un punto en la historia que se queda atrás como nada más que huella, que no seas tú la huella ni tú ni tus sentimientos, busca siempre caminar, correr, volar. Construir allí sobre la fe y la carencia de fe; sobre la esperanza y con ella, amarrados en un solo universo, mil pensamientos como estrellas, fugaces y ardientes, devolviendo desde adentro el frío y la inmensidad.

Que el agua cubra tu sequedad, te envíe desde el fondo y adentro, azul y calma, esa serena melodía que enmudece el latido y te hace amante… huérfano de la dicha que explota y por sobre todo te haga solitario. Maravillosa soledad la que no te duele de por medio ante la ausencia del ser, del hueco de la palabra que se pronunció a medias y se dijo como susurro tibio al borde la lengua, entre tus labios.

¡Cómo no ha de ser hermoso ese amor que se siente en la oscuridad!, que no se piensa en torno a sólo dos ni tres ni cuatro, sino en torno a todos los espíritus que se alzan en vuelo y los que arrastran la vestidura, la memoria que recuerda, que revive en cada instante una vida, como caricia de velo, cuerpo desnudo que se entrega al frío, a la mirada ciega.

Y no pienses en arrepentirte, no cuando lo que se ha hecho, hecho está, el mal que te hicieron y el que engendraste aún con el pensamiento se escabullen con cada sonrisa, con una lágrima que no pensaste y que allí está. Con un beso imaginario que no te daña los labios, que no te exige cerrar los ojos ni dejar de pensar.

He aquí lo que he aprendido para el mundo. Pensar es amar, reflexionar sobre lo que fue huella, desgastar el término y la palabra, el sentimiento se ha hecho para ser pensado, para hacerlo desechable y “examinable”. Laboratorio perfecto, alquimia certera.

He aquí lo que me queda del experimento, un manojo de camino devuelto que nunca volverá a ser. No soy paloma de raudo vuelo ni lo pretendo ni gusano de tierra húmeda y oscura. Soy mujer y no acepto perdonar al azar, es un compromiso de llave fija que me he propuesto cumplir, letra sobre letra en bien de un corazón y de unos besos. Habré de entregarme al cerebro con pasión absoluta, sin concesión de espacio alguno y así habré de disfrutar el instante compartido.

Así exigiré que se me digan las palabras y los besos. Voy a cumplir con detalle cada instante, cada mirada y acercamiento, cada palabra cruzada que se queda y se marcha con el aire.

No más parada sin límite ni vuelo de cielo húmedo. Sí caminos que hasta sabré inseguros a la hora de recorrerlos, pero sin entrega de carnes ni sentimientos, con frialdad vigilante, como caminata sobre piedra dura y planta desnuda. Así respetaré cada trazo, cada lazo que se teja entre el ser y la esencia, entre aquello que me obsequie espacios y melodías para mi vida.

Y sobre aquello que me esculpa un boquete reforzaré la guardia y prepararé la distancia urgente, la separación necesaria que me permita volver a juntar destinos sin historia pasada.

Así cuidaré de mi fe. Así de la humanidad que me rodea y me hace dichosa, así de la que me hace la guerra amorosa y fría.

No más besos por disfrutar. Amarraré mis dedos a mis manos y mis uñas a cada región de carne, no se irán de mi alma más caricias. Las espontáneas habrán de mutilarse en el acto y con ellas volveré a la distancia que me protege y de la que nunca debí separarme más de lo prudente. (Prudente locura)

En prudencia convertiré el amor que todavía se me desborda. Tiempo en cada espera, eternidad para la búsqueda; lo que del destino me caiga a la mano, conservará lugar y esperanza. Cuidadosa lectura de lo caído, historia y proyección que me obligaré a descubrir antes de permitirme amar.

He aquí mi estado actual, de carne viva, de promesa que se vive y se perpetúa, de fe recién engendrada, de perfección como ideal. De energía que no se detiene y en su inmensidad se sumerge en prudencia, que se alimenta de lo que se ha vivido y se prepara para lo se apresta a suceder, aún sin certeza de ello.

Habrá de estar fuera el rencor y sin embargo vigente, como recuerdo de uso restringido que amenaza con volver, como cuadro de pintura fresca que se mira, que se despinta con cada nuevo poco de fe. Allí está de nuevo el nudo en la garganta, pero se desatará con la calma que asegura esa fe, con la brisa fresca de una oración… de reflexión a reflexión.

Sin temor a la breve felicidad, me alimentaré de los momentos intensos que se fugan con el sentimiento. Porque nadie ha dicho que lo breve es perfecto. Ni eso ni todo lo contrario. La brevedad ahuyenta las imágenes, intenta como yo, deshacerlas en palabras, en recorridos mudos y nocturnos.

Paciencia con la espera. Paciencia sí, con la búsqueda, pero quietud con el amor, fuego con la pasión, en juego de partida limpia, de jugadores en compromiso, ardientes en su fe y huérfanos de cobardía.

Maravilloso amor aquel que no te acostumbra al beso ni al abrazo sino al vértigo del juego comprometido, a lo que no se conoce ni se presiente, pero que se vive intensamente como secreto a voces en el corazón.

viernes, 7 de mayo de 2010

Microintentos

Hatí, Chile 2010
Aquí vinimos a descansar, a escondernos de la culpa, de la vergüenza de la infidelidad. Y el descanso se tornó tragedia, porque ni bien me asomé a tus labios, la tierra comenzó a temblar y mis manos se desprendieron de mis brazos y tus labios se cayeron de tu boca. ¡Qué poco me faltó para besarte! Para atrapar tu lengua con mis dientes, para derramarte de sueños en mi cama. Pero la tierra comenzó a temblar… de mis ojos saltaron como canicas agitadas mis pupilas y tu garganta disparó un suspiro que pegándome en la frente me anunciaba el final.

Domingos
- Por cierto, ¿hoy es domingo?
- No, los domingos se terminaron ayer.

Divino martes
–Entonces es martes, seguro, por lógica. Dijo Dios con su divina e irrebatible lógica y su solitario y todopoderoso monólogo universal de la creación. Y así creó Dios el lunes y por lógica, el martes. Y Dios vio que el martes era bueno, pero Satán ardiendo de cólera, escupió su azufrosa ponzoña y lo maldijo…
–Entonces en martes “ni te cases ni te embarques ni de tu casa te apartes”. Y el divino pecado se cometió en un martes. Y Caín mató a Abel en un martes. Y el fin del mundo –por lógica– será el próximo martes.

Tic tac
Ese tic tac que escuchamos hace rato. Es el pervertido eco de la violación impune de mi última hora.

Fórmula
Prisionero de su esfera, de la curva infinita de su sexo, de la ecuación imposible de su silencio. ¿Dónde está el error?, se preguntaba con desespero y lloraba cilíndrico y frustrado. Cuando las fuerzas se le iban, se dividía de dolor, se restaba de angustia. Hasta la cumbre invertida de su raíz cuadrada llegó y desde allí, sin solución alguna, se lanzó.

Agua I
El agua con la que te vestías ya no está más. Cada gota se ha evaporado llevándose consigo un pedacito tuyo que amarrado al mío busca morada en la infinita escena celestial. Mas un día lloverás mojando otros labios y yo arderé en la furia de mis celos y sin extinguidor.

Agua II
Lamento de invierno. Me paso el día hirviendo agua, ya sea para la bolsa o para la taza. La de la bolsa me calienta los pies, las rodillas y las manos, la de la taza se convierte en té, litros de té y así llevo días bebiendo sin pausa.

Agua III
Me marché porque no le daba la gana de pagar la cuenta del agua ni de la luz ni de mi psicoterapia.

Agua IV
-¡Estás empapado, travieso! ¿Dónde andabas?
-He lavado todos mis autitos, mamá, con agua y detergente. Pero no encuentro la plancha, que algunos han quedado de verdad muy arrugados.

Agua V
El chorrito de agua cayó bendito mojando la tierna piel de su frente y el llanto se disparó desesperado aturdiendo al cura y todos los santos, a mi niño no le importaba estar siendo bautizado.

Agua VI
Era mi primera lectura de testamento. Los deudos me miraban cual aves de rapiña ante la carroña. Quise tomar un trago de agua antes de empezar y empujé el vaso, el líquido se derramó sobre el manuscrito y la herencia se diluyó en una oscura e ilegible mancha negra.

Antiretrato
La mujer de la foto sonreía y no se parecía ya en nada a la anciana opaca que ausente atisbaba la vida desde su mecedora. Un antiretrato.

Aquí es el más allá
Aquí vinimos a descansar. A descansar en paz. Aquí llegamos sin absurdos empaques, sin maquillajes, sin disfraces. Aquí ni se pudren nuestras vísceras ni nos pudren las envidias, los rencores, las mentiras, los desamores. Aquí no guardamos los secretos de nadie, no tenemos cargos de conciencia ni destinos ni horóscopos. Aquí somos libres de imprudencias, de desgastes, de los benditos impuestos. ¡Ah, mi querido espíritu! Aquí somos una única transparencia, una soledad sin angustia, una lágrima sin llorar. Aquí la espera es dulcemente eterna e inagotable. Ningún minuto se repite, ninguna hora se termina. Aquí vinimos a descansar… en paz.
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