sábado, 15 de mayo de 2010

En procura de recuperar mi puño y letra de los 90: De reflexión a reflexión

De aquí me sale, del mismísimo corazón, éste que tan maltrecho se me hace en ocasiones diversas y de locura extrema, de ceguera difícil y parpadeo candente.

Me declaro dispuesta a amar, me declaro en armas frente a la vida y de pie en medio de mi circunstancia. Me supongo amada, pero no por el amor que se traza entre los hombres y por sobre ellos, me suponga amada por la vida, seducida por su energía oculta, mágica verdad.

Ya hice promesas de última lágrima mundana, del llanto que se hace vacío, sin recorrido ni recurrente, ahora milito con el llanto de la existencia, pero de aquel que se hace de entrega, de reporte silencioso en camino de presente, de aquel que no teme amar, que no se limita, que es libre y sin embargo mío, sólo mío.

La espera es un sendero sin atajo y por ello difícil; la búsqueda sin embargo, es el camino que circula, el que te marca la llaga y la huella, el que retrocede y te llama, y te enciende y te apaga. El manto que te cubre por debajo, las plantas de los pies, la pesquisa que usa de tu cerebro.

No es vana la herida que ha sangrado cuando sobre ella plantas la semilla que te devuelve la felicidad, que te recuerda el dolor y te grita que estás en vida, que no todo ha sido daño, que quedan en el centro los caminos que no has recorrido y que allí aguardan cargados de sueños, con nuevos seres que conocer y amar y quizás que olvidar.

Que quien te ha hecho daño no sea la fuente de la tristeza, sea más bien y mejor un punto en la historia que se queda atrás como nada más que huella, que no seas tú la huella ni tú ni tus sentimientos, busca siempre caminar, correr, volar. Construir allí sobre la fe y la carencia de fe; sobre la esperanza y con ella, amarrados en un solo universo, mil pensamientos como estrellas, fugaces y ardientes, devolviendo desde adentro el frío y la inmensidad.

Que el agua cubra tu sequedad, te envíe desde el fondo y adentro, azul y calma, esa serena melodía que enmudece el latido y te hace amante… huérfano de la dicha que explota y por sobre todo te haga solitario. Maravillosa soledad la que no te duele de por medio ante la ausencia del ser, del hueco de la palabra que se pronunció a medias y se dijo como susurro tibio al borde la lengua, entre tus labios.

¡Cómo no ha de ser hermoso ese amor que se siente en la oscuridad!, que no se piensa en torno a sólo dos ni tres ni cuatro, sino en torno a todos los espíritus que se alzan en vuelo y los que arrastran la vestidura, la memoria que recuerda, que revive en cada instante una vida, como caricia de velo, cuerpo desnudo que se entrega al frío, a la mirada ciega.

Y no pienses en arrepentirte, no cuando lo que se ha hecho, hecho está, el mal que te hicieron y el que engendraste aún con el pensamiento se escabullen con cada sonrisa, con una lágrima que no pensaste y que allí está. Con un beso imaginario que no te daña los labios, que no te exige cerrar los ojos ni dejar de pensar.

He aquí lo que he aprendido para el mundo. Pensar es amar, reflexionar sobre lo que fue huella, desgastar el término y la palabra, el sentimiento se ha hecho para ser pensado, para hacerlo desechable y “examinable”. Laboratorio perfecto, alquimia certera.

He aquí lo que me queda del experimento, un manojo de camino devuelto que nunca volverá a ser. No soy paloma de raudo vuelo ni lo pretendo ni gusano de tierra húmeda y oscura. Soy mujer y no acepto perdonar al azar, es un compromiso de llave fija que me he propuesto cumplir, letra sobre letra en bien de un corazón y de unos besos. Habré de entregarme al cerebro con pasión absoluta, sin concesión de espacio alguno y así habré de disfrutar el instante compartido.

Así exigiré que se me digan las palabras y los besos. Voy a cumplir con detalle cada instante, cada mirada y acercamiento, cada palabra cruzada que se queda y se marcha con el aire.

No más parada sin límite ni vuelo de cielo húmedo. Sí caminos que hasta sabré inseguros a la hora de recorrerlos, pero sin entrega de carnes ni sentimientos, con frialdad vigilante, como caminata sobre piedra dura y planta desnuda. Así respetaré cada trazo, cada lazo que se teja entre el ser y la esencia, entre aquello que me obsequie espacios y melodías para mi vida.

Y sobre aquello que me esculpa un boquete reforzaré la guardia y prepararé la distancia urgente, la separación necesaria que me permita volver a juntar destinos sin historia pasada.

Así cuidaré de mi fe. Así de la humanidad que me rodea y me hace dichosa, así de la que me hace la guerra amorosa y fría.

No más besos por disfrutar. Amarraré mis dedos a mis manos y mis uñas a cada región de carne, no se irán de mi alma más caricias. Las espontáneas habrán de mutilarse en el acto y con ellas volveré a la distancia que me protege y de la que nunca debí separarme más de lo prudente. (Prudente locura)

En prudencia convertiré el amor que todavía se me desborda. Tiempo en cada espera, eternidad para la búsqueda; lo que del destino me caiga a la mano, conservará lugar y esperanza. Cuidadosa lectura de lo caído, historia y proyección que me obligaré a descubrir antes de permitirme amar.

He aquí mi estado actual, de carne viva, de promesa que se vive y se perpetúa, de fe recién engendrada, de perfección como ideal. De energía que no se detiene y en su inmensidad se sumerge en prudencia, que se alimenta de lo que se ha vivido y se prepara para lo se apresta a suceder, aún sin certeza de ello.

Habrá de estar fuera el rencor y sin embargo vigente, como recuerdo de uso restringido que amenaza con volver, como cuadro de pintura fresca que se mira, que se despinta con cada nuevo poco de fe. Allí está de nuevo el nudo en la garganta, pero se desatará con la calma que asegura esa fe, con la brisa fresca de una oración… de reflexión a reflexión.

Sin temor a la breve felicidad, me alimentaré de los momentos intensos que se fugan con el sentimiento. Porque nadie ha dicho que lo breve es perfecto. Ni eso ni todo lo contrario. La brevedad ahuyenta las imágenes, intenta como yo, deshacerlas en palabras, en recorridos mudos y nocturnos.

Paciencia con la espera. Paciencia sí, con la búsqueda, pero quietud con el amor, fuego con la pasión, en juego de partida limpia, de jugadores en compromiso, ardientes en su fe y huérfanos de cobardía.

Maravilloso amor aquel que no te acostumbra al beso ni al abrazo sino al vértigo del juego comprometido, a lo que no se conoce ni se presiente, pero que se vive intensamente como secreto a voces en el corazón.

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