domingo, 16 de mayo de 2010

El viaje

Viernes 12 de febrero de 2010

La última nevada del invierno ha caído hoy sobre las grises calles de Karlsruhe… sigue cayendo. Desde el fondo de mi corazón deseo que de verdad sea la última, porque a pesar de que mis hijos han disfrutado de la nieve con sus juegos y sus dulces ocurrencias, nos hace falta ver y sentir los rayos del sol. Desde que llegamos no hemos visto el color del cielo, no sabemos si por encima de la opaca cobija que lo cubre, el azul infinito que nos llenó las pupilas día a día en nuestros Sures se expande también en Europa.

Del maravilloso viaje que concluimos hace exactamente una semana nos quedan todavía vivos recuerdos, sobre todo impresiones, sensaciones, sentimientos. Han sido dos meses inolvidables e intensos. Hemos recorrido pedacitos de dos países inmensamente bellos y añorados, hemos recogido de cada encuentro y reencuentro con las personas que queremos y extrañamos un puñado de cariños y afectos que nos hacen falta en la frialdad del primer mundo, este caprichoso primer mundo que ha hecho que Bolivia y Venezuela tejan un lazo tan singular.

Llegamos primero a la ardorosa Caracas, a celebrar el cumpleaños del abuelo John, a hornear strudel alemán con ingredientes venezolanos, a desempacar y reempacar para irnos a La Paz.

La cordillera que nos dio la bienvenida en Bolivia nos permitió rozar el cielo con las manos, fueron cuatro mil y pico metros de alegrías, también de sorojchis o mal de altura. Visitamos las ruinas preincaicas de Tiahuanacu, disfrutamos del cálido clima de Santa Cruz, hicimos bautizar a Simón Ernesto, pasamos Navidad en familia. Ahora Camilito sabe mejor que antes que el Niño Jesús le trae sus regalos, sabe quiénes son María, José y los tres Reyes Magos, le gusta más que nunca la pasancalla = cotufa boliviana y entre otros felices sucesos, recibimos el nuevo año ante las místicas aguas del Lago Titicaca.

A Venezuela llegamos con el año recién estrenado y pudimos ser parte de los tradicionales desayunos de año nuevo de “la Muñocera”, de cerro a cerro, Junquito y Mampote. Trepamos “un cacho” = un pedacito del Ávila, visitamos el Museo de los Niños, el Parque del Este y el ExpanZoo. Casi al final de nuestra travesía, nos fuimos a la playa, a disfrutar de las tibias y claras aguas del Caribe y a aprender un poco de la cultura playera que esta servidora, hija de un país sin mar, tiene a bien aprender. También celebramos el cumpleaños de Camilo papá. En Venezuela Camilito saboreó la pasión Leo leo leo y ahora practica el béisbol todas las noches con su papá, no sin antes vestir su camisa y cachucha de Caraquista.

Para nuestros hijos, especialmente para Camilo, la idea de familia grande se ha hecho de carne y hueso y se ha extendido en abrazos y besos, si antes de ir sabía bien quiénes son su abuela Ana y su abuelo John, ahora sabe con nombres y sentimientos lo que significa tener primos y primas, ti@s-prim@s, tíos y tías.

Hasta aquí mi lata, yo sé que no he escrito todo, porque todo sería mucho y mucho es lo que nos queda guardado en el corazón.

¡Gracias por todo familias queridas!

Ana Rosa, Camilo, Camilo Humberto y Simón Ernesto

P.D. Tras dos meses de “libertad sin amarras”, Simón no quiere saber de ir con cinturón de seguridad y sentado en la sillita del auto, ni modo, a Camilo papá le toca conducir con tremendo concierto de quejas y llantos.
P.D.1: Tras dos meses de luz y colores, Camilito nos pregunta que por qué se pone tan oscuro a las seis de la tarde.
P.D.2: Tras dos meses de haber compartido con tod@s ustedes, estamos felices.

sábado, 15 de mayo de 2010

En procura de recuperar mi puño y letra de los 90: De reflexión a reflexión

De aquí me sale, del mismísimo corazón, éste que tan maltrecho se me hace en ocasiones diversas y de locura extrema, de ceguera difícil y parpadeo candente.

Me declaro dispuesta a amar, me declaro en armas frente a la vida y de pie en medio de mi circunstancia. Me supongo amada, pero no por el amor que se traza entre los hombres y por sobre ellos, me suponga amada por la vida, seducida por su energía oculta, mágica verdad.

Ya hice promesas de última lágrima mundana, del llanto que se hace vacío, sin recorrido ni recurrente, ahora milito con el llanto de la existencia, pero de aquel que se hace de entrega, de reporte silencioso en camino de presente, de aquel que no teme amar, que no se limita, que es libre y sin embargo mío, sólo mío.

La espera es un sendero sin atajo y por ello difícil; la búsqueda sin embargo, es el camino que circula, el que te marca la llaga y la huella, el que retrocede y te llama, y te enciende y te apaga. El manto que te cubre por debajo, las plantas de los pies, la pesquisa que usa de tu cerebro.

No es vana la herida que ha sangrado cuando sobre ella plantas la semilla que te devuelve la felicidad, que te recuerda el dolor y te grita que estás en vida, que no todo ha sido daño, que quedan en el centro los caminos que no has recorrido y que allí aguardan cargados de sueños, con nuevos seres que conocer y amar y quizás que olvidar.

Que quien te ha hecho daño no sea la fuente de la tristeza, sea más bien y mejor un punto en la historia que se queda atrás como nada más que huella, que no seas tú la huella ni tú ni tus sentimientos, busca siempre caminar, correr, volar. Construir allí sobre la fe y la carencia de fe; sobre la esperanza y con ella, amarrados en un solo universo, mil pensamientos como estrellas, fugaces y ardientes, devolviendo desde adentro el frío y la inmensidad.

Que el agua cubra tu sequedad, te envíe desde el fondo y adentro, azul y calma, esa serena melodía que enmudece el latido y te hace amante… huérfano de la dicha que explota y por sobre todo te haga solitario. Maravillosa soledad la que no te duele de por medio ante la ausencia del ser, del hueco de la palabra que se pronunció a medias y se dijo como susurro tibio al borde la lengua, entre tus labios.

¡Cómo no ha de ser hermoso ese amor que se siente en la oscuridad!, que no se piensa en torno a sólo dos ni tres ni cuatro, sino en torno a todos los espíritus que se alzan en vuelo y los que arrastran la vestidura, la memoria que recuerda, que revive en cada instante una vida, como caricia de velo, cuerpo desnudo que se entrega al frío, a la mirada ciega.

Y no pienses en arrepentirte, no cuando lo que se ha hecho, hecho está, el mal que te hicieron y el que engendraste aún con el pensamiento se escabullen con cada sonrisa, con una lágrima que no pensaste y que allí está. Con un beso imaginario que no te daña los labios, que no te exige cerrar los ojos ni dejar de pensar.

He aquí lo que he aprendido para el mundo. Pensar es amar, reflexionar sobre lo que fue huella, desgastar el término y la palabra, el sentimiento se ha hecho para ser pensado, para hacerlo desechable y “examinable”. Laboratorio perfecto, alquimia certera.

He aquí lo que me queda del experimento, un manojo de camino devuelto que nunca volverá a ser. No soy paloma de raudo vuelo ni lo pretendo ni gusano de tierra húmeda y oscura. Soy mujer y no acepto perdonar al azar, es un compromiso de llave fija que me he propuesto cumplir, letra sobre letra en bien de un corazón y de unos besos. Habré de entregarme al cerebro con pasión absoluta, sin concesión de espacio alguno y así habré de disfrutar el instante compartido.

Así exigiré que se me digan las palabras y los besos. Voy a cumplir con detalle cada instante, cada mirada y acercamiento, cada palabra cruzada que se queda y se marcha con el aire.

No más parada sin límite ni vuelo de cielo húmedo. Sí caminos que hasta sabré inseguros a la hora de recorrerlos, pero sin entrega de carnes ni sentimientos, con frialdad vigilante, como caminata sobre piedra dura y planta desnuda. Así respetaré cada trazo, cada lazo que se teja entre el ser y la esencia, entre aquello que me obsequie espacios y melodías para mi vida.

Y sobre aquello que me esculpa un boquete reforzaré la guardia y prepararé la distancia urgente, la separación necesaria que me permita volver a juntar destinos sin historia pasada.

Así cuidaré de mi fe. Así de la humanidad que me rodea y me hace dichosa, así de la que me hace la guerra amorosa y fría.

No más besos por disfrutar. Amarraré mis dedos a mis manos y mis uñas a cada región de carne, no se irán de mi alma más caricias. Las espontáneas habrán de mutilarse en el acto y con ellas volveré a la distancia que me protege y de la que nunca debí separarme más de lo prudente. (Prudente locura)

En prudencia convertiré el amor que todavía se me desborda. Tiempo en cada espera, eternidad para la búsqueda; lo que del destino me caiga a la mano, conservará lugar y esperanza. Cuidadosa lectura de lo caído, historia y proyección que me obligaré a descubrir antes de permitirme amar.

He aquí mi estado actual, de carne viva, de promesa que se vive y se perpetúa, de fe recién engendrada, de perfección como ideal. De energía que no se detiene y en su inmensidad se sumerge en prudencia, que se alimenta de lo que se ha vivido y se prepara para lo se apresta a suceder, aún sin certeza de ello.

Habrá de estar fuera el rencor y sin embargo vigente, como recuerdo de uso restringido que amenaza con volver, como cuadro de pintura fresca que se mira, que se despinta con cada nuevo poco de fe. Allí está de nuevo el nudo en la garganta, pero se desatará con la calma que asegura esa fe, con la brisa fresca de una oración… de reflexión a reflexión.

Sin temor a la breve felicidad, me alimentaré de los momentos intensos que se fugan con el sentimiento. Porque nadie ha dicho que lo breve es perfecto. Ni eso ni todo lo contrario. La brevedad ahuyenta las imágenes, intenta como yo, deshacerlas en palabras, en recorridos mudos y nocturnos.

Paciencia con la espera. Paciencia sí, con la búsqueda, pero quietud con el amor, fuego con la pasión, en juego de partida limpia, de jugadores en compromiso, ardientes en su fe y huérfanos de cobardía.

Maravilloso amor aquel que no te acostumbra al beso ni al abrazo sino al vértigo del juego comprometido, a lo que no se conoce ni se presiente, pero que se vive intensamente como secreto a voces en el corazón.

viernes, 7 de mayo de 2010

Microintentos

Hatí, Chile 2010
Aquí vinimos a descansar, a escondernos de la culpa, de la vergüenza de la infidelidad. Y el descanso se tornó tragedia, porque ni bien me asomé a tus labios, la tierra comenzó a temblar y mis manos se desprendieron de mis brazos y tus labios se cayeron de tu boca. ¡Qué poco me faltó para besarte! Para atrapar tu lengua con mis dientes, para derramarte de sueños en mi cama. Pero la tierra comenzó a temblar… de mis ojos saltaron como canicas agitadas mis pupilas y tu garganta disparó un suspiro que pegándome en la frente me anunciaba el final.

Domingos
- Por cierto, ¿hoy es domingo?
- No, los domingos se terminaron ayer.

Divino martes
–Entonces es martes, seguro, por lógica. Dijo Dios con su divina e irrebatible lógica y su solitario y todopoderoso monólogo universal de la creación. Y así creó Dios el lunes y por lógica, el martes. Y Dios vio que el martes era bueno, pero Satán ardiendo de cólera, escupió su azufrosa ponzoña y lo maldijo…
–Entonces en martes “ni te cases ni te embarques ni de tu casa te apartes”. Y el divino pecado se cometió en un martes. Y Caín mató a Abel en un martes. Y el fin del mundo –por lógica– será el próximo martes.

Tic tac
Ese tic tac que escuchamos hace rato. Es el pervertido eco de la violación impune de mi última hora.

Fórmula
Prisionero de su esfera, de la curva infinita de su sexo, de la ecuación imposible de su silencio. ¿Dónde está el error?, se preguntaba con desespero y lloraba cilíndrico y frustrado. Cuando las fuerzas se le iban, se dividía de dolor, se restaba de angustia. Hasta la cumbre invertida de su raíz cuadrada llegó y desde allí, sin solución alguna, se lanzó.

Agua I
El agua con la que te vestías ya no está más. Cada gota se ha evaporado llevándose consigo un pedacito tuyo que amarrado al mío busca morada en la infinita escena celestial. Mas un día lloverás mojando otros labios y yo arderé en la furia de mis celos y sin extinguidor.

Agua II
Lamento de invierno. Me paso el día hirviendo agua, ya sea para la bolsa o para la taza. La de la bolsa me calienta los pies, las rodillas y las manos, la de la taza se convierte en té, litros de té y así llevo días bebiendo sin pausa.

Agua III
Me marché porque no le daba la gana de pagar la cuenta del agua ni de la luz ni de mi psicoterapia.

Agua IV
-¡Estás empapado, travieso! ¿Dónde andabas?
-He lavado todos mis autitos, mamá, con agua y detergente. Pero no encuentro la plancha, que algunos han quedado de verdad muy arrugados.

Agua V
El chorrito de agua cayó bendito mojando la tierna piel de su frente y el llanto se disparó desesperado aturdiendo al cura y todos los santos, a mi niño no le importaba estar siendo bautizado.

Agua VI
Era mi primera lectura de testamento. Los deudos me miraban cual aves de rapiña ante la carroña. Quise tomar un trago de agua antes de empezar y empujé el vaso, el líquido se derramó sobre el manuscrito y la herencia se diluyó en una oscura e ilegible mancha negra.

Antiretrato
La mujer de la foto sonreía y no se parecía ya en nada a la anciana opaca que ausente atisbaba la vida desde su mecedora. Un antiretrato.

Aquí es el más allá
Aquí vinimos a descansar. A descansar en paz. Aquí llegamos sin absurdos empaques, sin maquillajes, sin disfraces. Aquí ni se pudren nuestras vísceras ni nos pudren las envidias, los rencores, las mentiras, los desamores. Aquí no guardamos los secretos de nadie, no tenemos cargos de conciencia ni destinos ni horóscopos. Aquí somos libres de imprudencias, de desgastes, de los benditos impuestos. ¡Ah, mi querido espíritu! Aquí somos una única transparencia, una soledad sin angustia, una lágrima sin llorar. Aquí la espera es dulcemente eterna e inagotable. Ningún minuto se repite, ninguna hora se termina. Aquí vinimos a descansar… en paz.

lunes, 3 de mayo de 2010

En el nombre del Cerdo… un final inmerecido


Encontré el libro en una de las pocas librerías de Karlsruhe –si no la única– que ofrece literatura en español. El nombre y la portada me llamaron la atención: En el nombre del Cerdo del español-catalán Pablo Tusset. Era la primera vez que leía el nombre de ese autor. Invadida por la curiosidad me decidí por la primera página de la obra antes que por la sinopsis de la contratapa. Las primeras líneas me arrancaron una corta carcajada y fue suficiente para erogar los casi 10 euros que me costó. Tampoco fue difícil obviar el precinto amarillo chillón que rodeaba el libro anunciando que se trataba de la segunda edición y 100 mil ejemplares vendidos, me pregunté entonces si se trataría de un best seller, me queda la duda todavía (¿?).

La estructura del libro está inspirada en la obra pictórica del artista español conocido como El Bosco: El jardín de las delicias, es así que los capítulos de la novela reciben el nombre de En el infierno, para referirse al aciago pueblo en el que se acaba de cometer un escabroso crimen: han asesinado a una mujer obesa en el matadero de cerdos y la han despedazado tal cual se tratara de un porcino más, siguiendo paso a paso el sacrificio de estos animales. En el Paraíso, para ubicar al lector en la ciudad de Nueva York y presentarle al segundo protagonista de la obra, un inspector de policía llamado T, quien se ha enamorado no sólo de una gran metrópoli, sino también de la chica que le atiende en el trámite de una beca de residencia en los Estados Unidos. Y En el Mundo… normal, por decirlo de alguna manera, en el que se abre paso el cotidiano y acogedor mundo del comisario principal Pujol, quien está a punto de jubilarse y deseoso de dedicarse de lleno a su esposa, Mercedes.

La trama sabe mantener al lector interesado y sobre todo ansioso de avanzar página a página, la historia transcurre ágil y sólo en ciertas escenas se siente una pizca de tedio. El capítulo final –antes del epílogo– no desenmascara abiertamente al asesino de la mujer obesa, más bien echa luz sobre el porqué de algunos pasajes y actitudes anteriores de los personajes principales, especialmente sobre ciertas (re)acciones de corte psicópata del inspector T, así también el destino del comisario mayor Pujol es una conmovedora e inesperada disolución. Estos últimos párrafos me dejaron una íntima sensación de temor y desasosiego que esperaba rematar con el final. Pero lo que En el nombre del cerdo no se merecía es el final que el libro ofrece, aunque éste no da la impresión de estar inacabado, es por demás impreciso y hasta cierto punto un intento fallido de dejar la llama viva del suspenso y del misterio. ¡Frustrante!

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