jueves, 30 de junio de 2011

Ausencia

La luz de la mañana se acerca
Me despierta la certeza de tu ausencia
la pálida soledad de mi sábana vacía
Abro los ojos sin remedio
cierro las persianas del alma
Y la luciérnaga viviente invade
se esparce en cada esquina
penetra mi oscuridad declarada
has vuelto a coparme el pensamiento
sigues allí
donde sé que no estás

lunes, 27 de junio de 2011

El espejo

Subió al minibús, al primero que vio sin importarle a donde la llevara. Abrió su cartera  y buscó con desesperación. El espejo no estaba. Rascó hasta los últimos resquicios de tela, pero el maldito no estaba. Se puso a llorar, a derramar lágrimas violeta y pestañas negras sobre sus manos; entre sus dedos ateridos y sus uñas coloradas y bien limadas chorreaban las gordas gotas saladas. No podía verse los ojos, el espejo se había llevado su reflejo, su imagen, el contorno de sus labios sin carmín. Y lloraba en silencio, acurrucada entre sus manos. La miraban con compasión, con curiosidad, con malicia… la miraban. Y lloraba sin saber realmente la razón exacta…. ¿Era por el espejo? ¿Era el mal sabor de la noche pasada? ¿El dolor del desengaño? ¿La tristeza de un destino adivinado? Iba abandonada y sin espejo, el maldito se había llevado su reflejo.

lunes, 20 de junio de 2011

Garmián

Su cabecita pequeña asomó dentro de mi calcetín, el olor lo aturdió un poco, pero su curiosidad podía más. Dando saltitos trepó hasta la desordenada llanura de mi lecho, sobre el cubrecama que bordó mi abuela. Se paseó con calma sobre las flores de mechilla, se tropezó con los estambres amarillos y cayó redondo sobre los pétalos de jacinto. Utilizó mis medias de seda como lianas y se deslizó por ellas hasta tocar de nuevo el piso de madera. Ya debajo de mi cama se topó con mis llaves, hacía tanto que yo las estaba buscando… ¡las malditas llaves! Levantó una con mucho esfuerzo, era pesada y casi de su tamaño. La dejó caer aparatosamente sobre las tablas del suelo y frustsrado se fue alejando de aquel insulso pedazo de metal; se encontró mis monedas, las migas de mis galletas, el control de la tele y mis pantaletas. Vislumbró la puerta entreabierta y la oscuridad húmeda de mi ropero. Lo vi caminando sobre mis zapatos. De pronto un estallido ensordeció sus oídos.. Era el despertador. Asustado en extremo buscó refugio escondiéndose en el bolsillo izquierdo de mi abrigo azul, como si fuera una cueva secreta en la que nadie podría encontrarlo. Agazapado y en silencio, sintió que sus pequeños muslos se adormecían sin remedio. Quiso gritar, pero no pudo, temía que los cuerpos de tela que colgaban en el ropero lo descubrieran. Saltó entonces desde la caverna azulosa hasta mis zapatones, le parecieron un par de mullidos lagartos y éstos lo asustaron aún más. Se marchó corriendo, iba agitado, mirando una y otra vez a su alrededor y sin darse cuenta se metió hasta el fondo de una de mis botas, hasta la punta puntiaguda llegó. Estaba seguro de haber caído en una trampa. ¡Pobre! En sólo un segundo se armó de su diminuto valor, infló el pecho y salió del largo túnel de cuero dando pasitos cortos y temblorosos. Estaba dispuesto a enfrentar lo que viniera, sin embargo el llanto le quebró la fortaleza y lo hizo aún más pequeño de lo que era. Allí se quedó desde entonces, habitando entre mis zapatos. Se llama Garmián y es el gnomo que custodia mi ropero. No sé mucho más, sólo que cuando los perros ladran en la calle o el despertador salta al amanecer,  Garmián se enfada y mi ropero es un caos.

martes, 14 de junio de 2011

Informante


Sigilosa se escabulle
Calladita te recorre
No respira, se encoje
Se llena del aire de tu boca
Se delata cual suspiro
Se esconde entre tu ropa
Te mira dormir
Te imagina soñar
Te contempla agachadita
Así me reporta sin desliz
La caricia que te envío
Y que te pica en la nariz



jueves, 9 de junio de 2011

Conspiración ombliga

El ojo de tu vientre me mira.
Esa pupila torcida de tu piel
no deja de escrutarme,
quiere conjurar mi conquista,
la expedición de mis manos en tu cuerpo.
Y me mira sin parpadear
y no puedo sino enfrentarle
y ofrecerle también mi ojo
el que tampoco sabe pestañear.
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