domingo, 27 de febrero de 2011

Mala pata

¡Demonios! Mi pata tercera amaneció hinchada. Pero aún tengo siete y la hinchazón no me impedirá terminar el trabajo. ¡Pero qué mala pata la mía! ¿Será porque hoy está nublado o me habré levantado con todas las izquierdas esta mañana?
Desde este hueco, mi hueco, contemplo mi obra. Me parece que el centro no está bien tejido y eso que me pasé noche y día revisando las uniones entre hilo e hilo, entre nudo y nudo. ¿Me estará fallando algo por dentro? Difícil de creer, fui siempre la primera en la clase de tejido.
De prisa me acerco hasta el lugar del enredo mal enredado. No olvido la elegancia ni el porte al caminar, así me lo enseñó mi madre, pero claro, estando un poco coja, el glamour se va por el caño. Suspendido mi redondo vientre no toca el piso y así me cuesta aún más mantener en alto mi diminuta cabeza, es tan ridícula.
El camino está colmado de cadáveres. Una mosca se queja todavía allá, a la derecha… rrrrrrrrrrrr, rrrrrrrrrrrrr, rrrrrrrrrrr… atrapada en el lugar exacto. Me aproximo para besarla, justo entre los ojos, tiene millones, la duermo para siempre y cómo sufre la desdichada. Antes de continuar me devoro un ala, con mis patas delanteras le retiro a la moribunda aquella membrana transparente y me la engullo. Está picante y llena de excremento, pero no puedo quejarme, es la primera que pillo viva en semanas y los alimentos frescos son siempre más saludables.
¡Ay! Hace tiempo que no me como una polilla, extraño su sabor a tierra, es todo un manjar, especialmente si no viene borracha de naftalina. Se deshace en mi boca como un trozo de chocolate. Pero debo aceptarlo, yo soy tan solo una pobre araña… una araña pobre.
Y allí está otra vez ese gigante de pantalón corto y bigotes de leche. Por alguna razón que desconozco le temo y mucho. Se está acercando y ya demasiado para mi gusto. Me empuja con ese horrendo palo, con esa sonrisa malévola en los labios y diciendo algo que definitivamente no logro comprender. ¡Qué fastidio!
–¡Oye! ¡Esa cosa está caliente y no tengo adónde ir! ¡Maldición ser tan peluda, me quemo! Chihí, chihí, chihí… me quemo.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Cabildo lunar



Si se asoman no te escondas, vienen en son de paz. Son los peregrinos de tu memoria, las losetas que te sostuvieron para caminar. ¿No los reconoces lunita encantada? Míralos bien.
La tristeza sepia de la despedida...
la humedad inocente de tu primer beso de amor...
las iras-relámpago que te sacudieron de cuajo...
el dolor amarillo de la más terrible decepción...
las soledades-sapiencia que te empeñaste en amputar.
Aquí están. Aquí se reúnen en cabildo abierto para robarte el silencio que el olvido te supo inyectar. ¡Abre tus ojos, lunita de plata! Que tus pupilas se llenen de esta manifestación.
Escucha el dulce estribillo de los días acumulados...
el coro de las sonrisas que huyeron generosas de tus labios...
Ya no hay noche que te ampare, luna traviesa...
Se acabaron los escondites, luna cobarde.
¡Date prisa! Te falta poco para saltar...

domingo, 20 de febrero de 2011

Sombra


Asoma su sombra
           su sombra sin sombrero
           sombra sobresaliente y sabrosa

Sincera y melancólica
con visos de tormenta
callada
gritona

Sombra adecuada
mérito sorprendente
          sorprendente y salvaje
                                salvaje
                                salvaje

jueves, 17 de febrero de 2011

Sonrisa, mariposa, botita roja...

Se deshace una sonrisa entre tus labios. El retorno amasa los recuerdos, los días que uno a uno se comieron todos tus sueños para devolvértelos en segundos de pura realidad. ¿Recuerdas lo que soñabas? ¡Cómo olvidarlo! Si fueron años en pos de espera; de ilusiones apagaditas, pero luminosas; de alas de mariposa. 

La distancia no es efímera ¿ves? Ahora puedes caminar como te plazca, re-conociendo en cada lugar un instante, en cada instante un sendero, un aprendizaje, un error, un acierto... un paradero. ¡Qué lindo es volver! ¡Qué lindo re-cordar lo que un día fue sorpresa y ahora se ha hecho paisaje de sepias en tu memoria! Allí siguen las personas que al final de cuentas sí caben en los pasadizos del corazón; allí quedan los fantasmas que ya no acechan y a los que les sobró prisa para hacerse cicatriz.

¡Qué acogedoras las calles, sus nombres, los mechones de tu pelo... pelo corto, ya nunca largo. Tus pestañas de pataraña, botitas rojas de guato blanco. Metro que viene, túnel que se lo traga. Casualidades de bolsillo... siempre hubo una, siempre adecuada, adivina, hechicera, certera. 

Sonrisa, mariposa, botita roja...

lunes, 7 de febrero de 2011

Compañero

A veces (me) hace falta sólo un poco de silencio, un manojo de noche, tu mano sobre mi vientre, tu respiración del otro lado. Pasa lo que pasa y lo que pasa pasará. No hace falta decir(te) más, porque más sería redundar y aunque (nos) hace bien, bien hacemos en saberlo también en silencio. La intensidad no es otra cosa que cada segundo de (nuestra) vida. Corremos la cortina para mirar... y miro, miro como hace tiempo no lo hacía. Y no es que la ventana me dijera palabras que tú no pronunciaste, es simplemente el muro de los ecos de las palabras que me dijiste y que la delgadez de mi escucha supo esquivar. Sorpresas son las que ni siquiera se sospechan, las que aparecen sin haberse escondido porque saben que sorprenderán. Para todas las que (nos) aguardan, no (me) hace falta sino un poco  de silencio, un manojo de noche, tu mano sobre mi vientre y tu respiración del otro lado.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Los odio


Me deslizo huidizo por el borde intangible de tus sueños. Esa frontera sin nombre que apenas te separa de mi piel. Un soplo de viento que confundes con caricias o viceversa... fantasmas que no ves, que te ven, que te siguen, que no sabes, que conoces, que olvidas, que se esconden, que no buscas, que ahí están. Están metidos entre tus sueños, en esos pensamientos fugitivos que te dan los buenos días, en esas marquitas desconocidas que te decoran el alma sin que te des cuenta.

A veces se te cae una pestaña y no se te hace ni remota la idea de que podría ser yo. A veces encuentras bajo tu almohada, el pañuelito que una vez te bordaron y que tú nunca quisiste desechar. Permanece ahí y no te preocupa en lo más mínimo si aparece o si se marcha, la certeza te sofoca: siempre estará ahí... como yo; empapado de modorra, de ganas de cobijarte, de canción de cuna que de una vez te ponga a dormir.

Como odio tus insomnios.
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