lunes, 31 de enero de 2011

Palabras sueltas

¡Muchacha atolondrada! ¿Cómo se te ocurre dudar? Está claro que si das un paso más te vas al precipicio, tan claro como que si lo piensas, lo sientes y lo quieres, sucederá. Las verdades están en tu cabeza, niña, en la fuerza de tus pensamientos, en la magia de tus sentimientos, en esa descabellada energía que amedrenta a la pálida cada vez que se te ocurre bailar. ¡Baila pues! ¡Pónte a girar! ¿No ves que así resulta? Y si de pronto se detiene la música, no te hace falta sino cantar. ¿Acaso no puedes? Tararear, silbar, aplaudir... siempre hay una forma de escarbar música, un acorde inventado para continuar.

Siempre hay una forma de echarse el mundo al hombro y de volverlo a tirar y continuar y mirar para adelante, si quieres mira para atrás, al Este mira y después al Oeste... siempre hay una forma de seguir. Todo eso te permito, mas no dudar... la duda es catarata, una caída sin final, un vértigo, una vorágine, un arma letal. ¿No tienes ojos acaso? Mira a tu alrededor. La completitud es pura estética pedante, el cotidiano convencional. Todo el mundo mira -así sea de reojo y sin disimular- al amputado, al manco, al cojo, al ciego, al huérfano y al disfrazado. ¿Qué te hace falta a ti? ¿Una vida, una alegría, una cursilería que de vez en cuando te empuje a sonreír?

Que no te amputen los sueños, atolondrada, no te hagas tú misma un muñón.

jueves, 27 de enero de 2011

Confesión revelada




Tengo tiempo sin ponerme a escribir a quemarropa, sin pensar en las causas ni en las consecuencias de mis palabras, de mis íntimos impulsos, recurriendo simplemente a la atorada revelación de mis sentidos. 

Tengo tiempo sin hurgarme los destierros, mis exilios esenciales, mi larga lista de orgías revolucionarias, mis ochocientas mil quimeras lamentadas, las turbaciones que me pincelan de imperfecciones, que me incompletan y me seducen.  

Tengo tiempo sin agredir con furia el sarcasmo de mis conflictos existenciales, sin exorcizarlos a punta de  palabras. Podría echarle la culpa a un sinfín de razones, razones de tiempo, de ubicuidad, de clima, de instintos y motivaciones… de la podrida certidumbre de Alemania. Podría también hacerme responsable de mi cobardía y comenzar de una buena vez a entregarme a lo que tanto me apasiona, sin necesidad de motivos, de temas, de oscuras intenciones. 

En más de una ocasión me he declarado escritora y en mi submundo anónimo y mínimo me arrogo gigante, testigo de la desnuda soledad de Creadora, me solazo diariamente leyendo y releyendo lo que de tanto en tanto mi yo se atrevió a publicarme, a compartirme entre sonrisas, lágrimas, fracasos, frustraciones, triunfos y dulces venganzas. Ante mis ojos y desde mis dedos no hacen más que derramarse las palabras, los verbos… los sustantivos que buscan sinónimos certeros, originalidades que se diluyen por serlas… y en lo más profundo de la mentira que quiero creerme, lo único que ansío es que se sepa, que se divulgue, que se critique… 

Tengo sacos de textos malparidos, líneas que me arropan, frases que me asombran y me sacuden. Tengo –siempre–  ganas acabar sin compasión con las páginas en blanco, de cubrirlas con la hinchada convulsión de mis inspiraciones, de derrotarlas a fuerza de prosas, de versos que todavía se esconden y se coartan.  

Esta confesión es fruto de este sábado, de este verano absurdo e imposible, de las satisfacciones que en mi submundo hogareño y cotidiano me permiten escapar a mi submundo literario, mi abismo y mi tentación.

Temo pecar de transparencia y a veces temo engendrar seres ajenos, tan desconocidos y monumentales, que la sola idea de su tamaño, me desarma.    

Tengo tiempo sin ponerme a escribir a quemarropa, sin pensar en las causas ni en las consecuencias de mis palabras, de mis íntimos impulsos, recurriendo simplemente a la atorada revelación de mis sentidos. 

Tengo.


Texto recuperado de un verano pasado.

miércoles, 26 de enero de 2011

Verídico



No descansa. Parapetada en su puesto enfrente del banco, espera a los primeros compradores de la mañana. Mientras piensa en sus hijos y en cómo mantenerlos cada día, el guardia del frente desajusta el revólver de su cintura y la mala hora hace que una bala fugitiva encuentre en el pecho de Yolanda su morada final. La caserita ya no está, yace en coma, la tienda cerrada. No puede ni pensar.

lunes, 24 de enero de 2011

Metamorfosis


De mañanita la despertó la emoción. El corazón le bailaba. Condenó sus largas trenzas a la desnudez de su espalda y calzó las botas. Sobre sus caderas deslizó una pollera brillante y en el dorso una blusa escotada. Con las manos en la cintura se miró al espejo. Negras y gruesas pestañas le poblaron las pupilas que se dilataron hasta hacerse de tamaño descomunal. Sobre la frente le crecieron turgentes las astas que adornó con serpentinas y globos de carnaval.


Microcuento finalista del Concurso Nacional de Microcuentos "Somos Bolivia".

domingo, 23 de enero de 2011

Jubilación onírica



 ¡Ven! Ven conmigo. Voy a susurrarte esas mentiritas que te gustan, esos alientos amorosos que te rehúsas a aceptar y que sin embargo esperas cada día como parte de este juego. ¿Acaso no te gustan? ¿Acaso de verdad me rechazas cuando lo haces? ¡Mentiras también son! Mentiras las tuyas, mentiritas las mías. ¡Anímate conmigo, tómate un trago de colores, un coctelito de antitiempo! Nos fumaremos esta ilusión juntitos. Vamos a apagar el sol y si nos da la gana, deportamos también a la luna. ¿A quién le va a importar? ¿A ti? Si tú lo que quieres es este susurro, lo que se te antoja es este vaivén. 

Yo sé cuando tú me buscas, te conozco muy bien. La muchedumbre puede ser incansable, pero tus ojos son dos hogueras, un calor luminoso tu lengua. ¡Cómo me buscas, como si no me buscaras! Por eso te quiero, así en secreto, en clave morse te quiero. Te dejas mimar con mis desesperos y cómo te gusta que aparezca de la nada, con mi sonrisa y mi baba chorreada. Y tú, con tu seriedad, con el peso de tus pestañas, con tus manos embolsilladas, fieras enjauladas. Sé de lo que son capaces, harto sé. ¿Acaso son mudas sus huellas? Nada más hace falta ver mi espalda, los surcos de tus uñas, fósiles de batalla. 

¡Conmigo ven! Antes de que me despierte y me jubile sin renta de este sueño...ven.

miércoles, 19 de enero de 2011

Soledad derramada

Sigo el rastro que deja tu sombra,
te persigo escondido,
agazapado.
Voy recogiendo de a uno cada pedazo...
un medio abrazo,
un casi beso,
un olvido completo.

Tu soledad derramada
te reclama.
Te busca la tristeza para despedirse,
la razón para marcharse con ella.
Pero yo no diré nada,
ni siquiera por tu soledad derramada.
Yo me quedaré callado,
siguiendo cada pedazo,
agazapado.

lunes, 17 de enero de 2011

Burocracia

Pintura de Vincent van Gogh

¿Cuántas veces se lo tengo que explicar? ¡No se puede! Máximo 5 años, así lo establece la ley. ¿Comprende?, explica la funcionaria un poco impaciente y sin embargo con tono amable. El hombre la mira indignado y se queda callado.
Yo no puedo hacer absolutamente nada, continúa la eficiente oficinista y complementa: Si usted está de acuerdo, le entrego el formulario correspondiente, lo llena y me lo trae de vuelta. Además requerimos su certificado de nacimiento, pero no en fotocopia, necesitamos el documento original. También tiene que traer un certificado médico legalizado en el que se constate que usted tiene -realmente- 60 años de edad y en el que se especifique que su cuerpo está en condiciones saludables. Es decir, que su cuerpo está en las condiciones saludables de un hombre de 55 años. Una vez entregados los documentos, usted deberá esperar entre 5 y 7 días hábiles hasta que le enviemos una citación por escrito.
¿Y qué pasa si mi cuerpo no tiene la misma edad que tengo yo?, pregunta el hombre irritado. La joven encargada lo mira casi con compasión: En ese caso, de ninguna manera podremos adjudicarle 5 años más de vida.

jueves, 13 de enero de 2011

Créeme

Fotografía y obra de Robert Cárdenas Muñoz.

Créeme. Créeme cuando te digo que te quiero, porque en verdad lo hago. Y en la complicada felicidad que me deparan tus ausentes abrazos y tus callados besos, se acurruca una especie de tristeza, una nostalgia pequeñita, quizá por eso callo cuando tú me quieres escuchar, porque de súbito me arroja contra el silencio el temor a perderte,. Temo que quieras escucharme una vez más y luego nunca más. ¡Qué difícil es este querer! ¿Será que me provocan las ganas de ser mujer de vez en cuando? ¿Será que se me dispara la pubertad retenida que, en esta madurez tan poco agraciada, se ve como una grotesca figura de escolar con pechos grandes y períodos jugosos?
Créeme cuando te pido que no te vayas, porque en realidad no quiero que lo hagas. Porque la soledad se me ha hecho palidez y se me despinta en los labios y en la oscuridad de mis pupilas. ¿Cómo voy a querer que te marches? ¿Cómo voy a permitir que me dejes en mis encierros inquietos cuando ni siquiera yo soy capaz de encontrar las cerraduras y menos las llaves? ¡No te vayas! Aunque la terquedad de mi orgullo me aprisione la lengua, me enjugue el nido de las lágrimas y me amarre los brazos para no correr y saltar sobre tu cuerpo y sobre tus labios.
Créeme cuando te pido que te acerques, porque sí quiero que lo hagas, aun cuando tengas que pensar en otras tantas cosas, en esas otras tantas personas que me dan ganas de terminar a punta de inyectarte olvidos en las venas, porque eso quisiera, que en tus venas sólo corriera la savia de mi nombre, la catarata de mis pasiones y la fluidez de mis caricias. Vaciarte quisiera, para llenarte de mí, para que creyeras todas las palabras que pronuncio, para que comprendieras todos los silencios que me colman, para que supieras que aunque no tenga idea de tu nombre ni de tu boca, quisiera que me creas.

lunes, 3 de enero de 2011

Carta para Aurelia María

Foto: laletralate
Otoño 2008
Querida Aurelia María:
Siempre me ha gustado tu nombre, todo tu nombre, tu nombre completo. Te escribo “querida” sin lugar a ninguna duda, porque tu carta me ha hecho (re)descubrir que realmente te quiero, que todavía te quiero. Pero no te hagas ilusiones, Aurelia María, te quiero como te quise antes de comenzar a amarte y te quiero todavía como te quise cuando dejé de odiarte, ni  más ni menos, sólo eso, en la justa medida que me permite vivir de un recuerdo sin pecar en la ambigua tristeza de una nostalgia.
¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cuánto habrás recorrido y alcanzado en tu búsqueda personal de ti misma? No me revelas nada al respecto en tu misiva y aunque no sé bien todavía, por qué he merecido recibirla, paso a contestar la única pregunta que soy capaz de responder. ¿Que cómo estoy? Estoy vivo, no sé si bien o mal, pero vivo. Despierto por las mañanas y continúo siendo un extranjero en esta tierra del invierno casi eterno, del frío gris que me amarga las entrañas y que me hace extrañar el sol y ansiarlo como un loco durante largos meses. Los hermosos colores del otoño no me aplacan la depresión que me cobija en la oscuridad de los días previos a la nieve. Me da la impresión de que los lugareños que no son más que un puñado de extraños, han archivado sus sonrisas para siempre, que las han dejado en las fronteras que les permitieron ingresar a este mundo, o quizás se las hayan confiscado en los puntos de control de aduana, en los que nada que no “pertenezca” a este planeta mudo puede ingresar. Gracias a tu carta he sido capaz de desempolvar una mueca parecida a una sonrisa, aun sin saber todo lo que me escribías, los músculos de mi rostro se rebelaron ante la prohibida espontaneidad. 
No huí de ti o al menos no sólo de ti cuando decidí marcharme a este mi autoexilio. Me escapé de mí mismo y de mi perpetua indecisión que en este país no ha hecho sino alimentarse y volverse descomunal, un verdadero monstruo que acecha cada uno de mis instantes.
Aquí he perdido no sólo el sentido de la superstición, aquí la noción del miedo está prohibida y se cura prematuramente con la seguridad y los seguros de toda índole y para cada riesgo. La muerte no es más que un manojo de trámites y los muertos maniquíes que se entierran disfrazados a más de una semana de sus fallecimientos. Aquí la espontaneidad está amputada y yace en las cloacas de la impuntualidad y la informalidad. No hay sorpresas en el cotidiano vivir ni sorpresivas hazañas en mi imaginario individual.
Llevo más de cinco años cuidando viejos amarillos en un asilo, desayunando sus agrios eructos y sus pestilencias matinales en mis turnos de los lunes y los miércoles; atragantándome de sus podridas historias y de sus fluidos incontrolables en mis turnos de los martes, envenenándome de sus soledades en mis turnos de fines de semana.
Cuando la vida no me da para montarme en la bicicleta, viajo en tranvía y me acompaño con otros solitarios errantes que prefieren mirar a través de la ventana o aumentar el volumen de sus iPods antes de conversar sobre el clima. Y en los tranvías he aprendido a recordarte, a pensar en la posibilidad de escribirte y de contarte sin vergüenza, que todavía sigo fracasando, que hace mucho he dejado de ser el flamante profesional que buscaba amor y trabajo –en ese orden– en un lugar que aun siendo mío, me era ajeno. Aquí mi esencia se ha reducido a las siete letras de mi apellido paterno, mi nombre de pila no le interesa a la autoridad pública.
Vivo en un cuarto de doce metros cuadrados que día a día lleno de música y de orgías que le impiden groseramente el paso al amor. No me siento capaz de ello y prefiero salpicarme de sexo y de besos fugaces antes de entregarme –una vez más– a la trinchera de un querer, así que no te hagas ilusiones, Aurelia María, te quiero –ya te lo he escrito–  como te quise antes de comenzar a amarte y como te quise cuando dejé de odiarte.
Tuyo,
Sinceramente,
M.O.

Publicado en Letralia.
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