martes, 23 de noviembre de 2010

Der verdammte Dilettant

Bild: Robert Cárdenas

Dienstag. Herbst. „Der perfekte Tag zum Sterben“, dachte der Helmut. Keine Blumen, keine Kerzen, gar nichts auf den Tischen. Keine Bilder und vor allem, keine Bücher… nichts dass die Aufmerksamkeit ablenken könnte. Nur er, die Zeit und die Geduld. So hat er angefangen zu warten, einfach abzuwarten. Er entdeckte immer wieder die neuen alten Erinnerungen in seinem Kopf, in seinem Herzen. Es waren tolle Zeiten, schöne Erlebnisse. Er erinnerte sich an seine geliebte und verstorbene Emma, an sein kinderloses und trotzdem glückliches Leben… zusammen mit ihr. Er vermisste den gemeinsamen Garten, die Rosen, die Hingabe. Es wurde schon Zeit, seine geliebte und verstorbene Emma wieder zu treffen, dort, im Jenseits. Das Hier-und-jetzt wollte er nicht mehr, es war ihm zu langweilig und farblos. 

18 Uhr. Der Helmut fragte sich: „Wann kommt er denn endlich?“.

19 Uhr. Der ausländische Pfleger kam zum Helmut. Er umarmte den Helmut ganz zärtlich. „Mann, dein Nachbar ist weg!“, verkündigte er. „Was?, Wie denn?, Wann?“, fragte der Helmut enttäuscht den Pfleger. „Vor ungefähr 30 Minuten, Herzinfarkt, blitzartig. Es tut mir leid, Helmut“, sagte der Pfleger und ging aus dem Zimmer.

Der Helmut konnte es nicht glauben, er wollte es nicht glauben. Immer wieder die gleiche Geschichte. Immer wieder die Enttäuschung, die Wut, das Leben. „Was denn jetzt? Muss ich denn weiter leben?“, murmelte er leise und verbittert. „Es kann doch nicht so schwierig sein! Einfach bei mir vorbeizukommen. Mann, du bist ja ein verdammter Dilettant und ich hasse dich!“, sagte er dann ganz laut.

1.00 Uhr. Der Helmut saß immer noch auf seinem Stuhl, so wie eine vergessene Puppe im Kinderzimmer. Das Bild von seiner geliebten und verstorbenen Emma hatte er doch in seiner Hosentasche. Da sieht die Emma so fröhlich aus, mit ihrem weißen Lächeln und ihren tief schauenden blauen Augen. Er nahm das Foto raus und sprach liebevoll zu ihr: „Ach, Emma, meine liebste Emma. Ich muss doch noch weiter leben…!“

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Das ist meine erste "deutsche" Kurzgeschichte überhaupt.
Este es mi primerísimo relato breve en alemán.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Ese lugar, llámese Macondo, la Tierra Media, El Idilio o Copiapó...



Me gustan los libros que me atrapan en un lugar sin salida. En un lugar al que no se puede llegar o del que no se puede salir sin tener que cruzar un río, escarpar un monte o hacer un largo viaje. Ese lugar, llámese Macondo, la Tierra Media, El Idilio o Copiapó está descrito en la novela del chileno Luis Sepúlveda (Ovalle, 1949), Un viejo que leía novelas de amor. He leído la segunda edición de 2009 de la novela que el autor publicó en 1989 y que se convirtió en su obra más vendida. Se trata de un texto corto, un libro con rasgos autobiográficos y ecológicos.

Me gusta Antonio José Bolívar, el protagonista, el viejo que leía las novelas de amor. Lo conservo como la perfecta imagen de una salvaje dulzura; de una soledad verde y húmeda (¿será un cronopio?); de una íntima sabiduría indígena... prestada de los indios shuar, habitantes de la región amazónica en la que se desarrolla la trama. Un hombre con el que me habría encantado conversar, de atreverme claro está. Me conmueve la fotografía que conserva de su mujer, la tristeza que provoca la esterilidad de su vientre y la soledad en la que Antonio José Bolívar se acomoda tras el decreto irremediable de su viudez prematura.

Me gustan los párrafos que describen el asimilamiento de Antonio José Bolívar en la selva amazónica y sobre todo su hermanamiento de saberes con los indios shuar a los que les debe la vida y también de establecimiento estricto de una fundamental diferencia: Antonio José Bolívar es como los shuar, pero nunca será uno de ellos..

En la cabeza me han quedado además, las figuras sabrosas y grasosas del dentista rompemandíbulas y del alcalde gordo y “baboso”. En especial recuerdo al primero, Rubicundo Loachamín y la singular imagen de un odontólogo “matabocas” y gritón, la blancura de su mandil incrustada como piedra en el exuberante verdor de la selva; y como si se tratase de un fruto exótico con cáscara verde y pulpa blanca, la rojez de su jugo: la sangre brotando de las mandíbulas de los infelices pacientes que caían por voluntad propia en sus manos. Parece imposible, pero las manos de ese carnicero son las mismas que cargadas con novelas de amor secuestradas de la civilización le iluminan mes tras mes el rostro a José Antonio Bolívar. Novelas de sufrimientos sentimentales y corazones partidos, pero eso sí y es la exigencia del protagonista, con final feliz. Dulce y hasta frágil ocurrencia para un ser como él, habitante de la más salvaje fauna y flora que alguien se pueda imaginar.

Aunque no soy devota de las novelas con mensajes pedagógicos medioambientales o moralejas de fábula, ésta lo hace de una manera magnífica, incluyendo al/la lector/a en una protesta válida y de defensa legítima de esa fauna tan sobrecogedora del Amazonas y que sin embargo me es tan lejana y poco conocida. Me gusta que sean los “gringos” los villanos de la novela, porque lo son además. En sus películas los maleantes, vividores, asesinos, narcotraficantes y toda clase de pestes siempre tienen apellidos y acentos latinoamericanos, Sepúlveda hace por eso justicia en El Idilio, así llamado el pueblo amazónico en el que se desenvuelve la novela.
 
Para mí la gran figura femenina de la novela está hermosamente encarnada en la tigresa-tigrilla doliente. Es una feroz representación de lo que muchas hembras (sean éstas de cualquier especie) enfrentan día a día: la viudez, la orfandad, la soledad, el dolor, la impotencia, la tristeza, la muerte.
 
Nunca he estado en la selva amazónica, pero en El Idilio de Sepúlveda tanto me he empapado con las generosas y vastas lluvias tropicales como he temido a la grotesca y asesina furia de los monos. Es una novela entrañable y a la vez capaz de hacer sentir un universo de desamparos y miedo, allí, en ese lugar al que no se puede llegar o del que no se puede salir sin tener que cruzar un río, escarpar un monte o hacer un largo viaje.

Reseña publicada en: Urbandina, Zona Literatura y el periódico La Patria.

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