martes, 30 de junio de 2009

Tegucigalpa: recuerdos de democracia


Llegué a Tegucigalpa al amanecer de un día de octubre. El frío de las alturas paceñas se hizo vago recuerdo cuando la primera ráfaga de calor sofocante me dio la bienvenida en el aeropuerto. Empapada de sudor y de curiosidad por conocer la capital hondureña tomé mi maleta y me detuve a esperar al médico que me recogería del aeropuerto para llevarme a mi hotel. Corría el año 99 y el número 24 de mi vida.

No tuve que esperar mucho hasta que la figura afable y hospitalaria del doctor Galvez se acercó a saludarme extendiéndome la mano y una sonrisa que me hicieron sentir bienvenida. Era mi primer viaje internacional como consultora de comunicación en salud y sin duda uno de los más reveladores de la realidad centroamericana.

La consultoría que se me había encargado no duraría más que dos semanas, así que no había mucho tiempo que perder. Después de dejar mi valija y mi cansancio de viaje en el hotel, el doctor Galvez me llevó al Centro de Salud en el que desarrollaría la investigación. Allí conocí a la doctora Meléndez, mi interlocutora directa. Amable y también un poco sorpredida por la “juventud” y quizás inexperiencia de la nueva consultora, la doctora Meléndez me dio la bienvenida y enseguida nos pusimos manos a la obra. Mi tarea era la de desarrollar materiales de comunicación para mujeres en edad fértil y jóvenes madres sobre temas relacionados al embarazo, riesgos del parto y postparto.

Los primeros días me los pasé leyendo informes y materiales educativos desarrollados por el personal de salud del Centro, los días siguientes preparé los grupos focales y las entrevistas que aplicaría a las mujeres de dos municipios. Al cabo de la primera semana tenía tanta información acumulada y tanta (auto)presión por hacer un buen trabajo que decidí hacer una pausa y salir a la calle a respirar. Era mi primera salida a la “libertad” y mi primera experiencia como turista en “Tegus” como cariñosamente le llaman los lugareños a su capital. Todavía me parecía increíble estar allí después de todo el papeleo y energía que costó la obtención de una visa de ingreso al país centroamericano. Para el que quiera saberlo en detalle: faltando un par de días para mi viaje, a mi madre se le ocurrió preguntarme si no necesitaba un permiso especial para entrar a Honduras, mi primera reacción: No, no creo. Craso error, inmensa ingenuidad. Cuando me presenté en el Consulado General de Honduras en La Paz, el Cónsul me preguntó si era yo alumna de la Escuela Panamericana Agrícola el Zamorano de Honduras, negué e hinché el pecho diciendo que iba en calidad de consultora internacional, pero esta información no pareció impresionar al Cónsul que continuó preguntado si entonces poseía yo una “american visa”. ¿Para entrar a Honduras?, repliqué casi alzando la voz. La impávida cara del diplomático ni se inmutó y con un movimiento de cabeza afirmativo y mirándome casi como a una hija me resumió el trámite: Usted puede ingresar a la República de Honduras sí y sólo sí es estudiante del Centro Zamorano o si cuenta con un visa norteamericana. Soltando improperios contra el brutal imperialismo yanqui abandoné la mínima oficina de aquel consulado y me hice a la marcha hacia el “búnker” gringo cuyo hermetismo sobresalía en la Avenida Arce del centro paceño. Casi sin esperanzas inicié el trámite de visa cuya respuesta me era ya conocida de sobra: VISA NEGADA.

En menos de 24 horas una flamante visa yanqui formaba parte de mi pasaporte virgen. Las puertas de la gloria se abrieron para mí en el mismo momento en el que la tramitadora se dio cuenta de que una de las organizaciones que me enviaba como consultora era la USAID. Un revés para mi izquierda.

Tegucigalpa me ofrecía un encanto sin igual, especialmente porque en muchas de sus calles y a lo largo de sus “subidas y bajadas” encontré parecidos acogedores con mi ciudad natal,Oruro y con la que me adoptó después, La Paz. Mi primera caminata no me separó mucho del hotel en el que estaba alojada y me mostró sólo las calles principales, los comercios locales y la gente risueña y de acento cantarín. De aquella excursión me quedan todavía los vivos colores de la ciudad y el sabor de la sopa de caracoles más sabrosa que he probado.

Un poco más despabilada y contenta regresé al hotel y esperé que llegara el día siguiente, era el primer desafío de mi consultoría, el primer grupo focal con las mujeres en edad fértil y madres jóvenes del municipio. En Tegucigalpa amanecía siempre en paz, muy temprano me recogieron para emprender viaje y éste fue más nutritivo que mi inofensiva visita turística del día anterior. A lo largo del camino el doctor Galvez me enseñaba las huellas todavía frescas que el huracán Mitch, uno de los peores y más crueles de la historia hondureña y centroamericana, había dejado en aquella tierra. A casi un año de la tragedia y aún se podían encontrar carreteras destruidas, deslaves y las huellas de barrios enteros desaparecidos para siempre. Sin embargo, Honduras se levantaba de aquel dolor de a poco y con firmeza. El doctor Galvez me contó que los hondureños entablaron amistad con la desgracia y de esa manera seguían adelante camino a la reconstrucción del país. El Mitch marcó un antes y un después en Tegucigalpa y aunque me hubiese animado, me rehusé a comprar una polera en homenaje al desastre.

El grupo focal comenzó puntualmente o al menos casi, los primeros minutos los perdí yo tratando de superar el estupor que me provocaba ver ese grupo de niñas que sentadas en círculo esperaban el inicio de la actividad. Eran quince y la mayoría de ellas estaban embarazadas, algunas de ellas por segunda y tercera vez y casi ninguna había cumplido siquiera los 20 años.

La segunda semana de la consultoría se esfumaba presurosa, las últimas páginas de mi informe y recomendaciones las escribí a la luz de los amaneceres claros de Tegucigalpa. El día de la evaluación final me reuní con la doctora Meléndez para firmar los protocolos y las burocracias respectivas y para despedirme de aquella aguerrida y acogedora ciudad.

Tegus te recuerdo y no te olvido… te deseo –desde las honduras de mi corazón– democracia.

lunes, 22 de junio de 2009

Desempolvando vivencias: Karlsruhe, 19 de Diciembre de 2002

La vivencia que quisiera compartir es una de las tantas que tengo todavía encerradas entre los archivos de mi computadora, una de las tantas que me siguen y persiguen al cumplirse casi siete años de mi emigración involuntaria, porque todo comenzó con un viaje de retorno seguro, un autoexilio académico como he querido llamarle desde el principio.


Karlsruhe, 19 de Diciembre de 2002


Vengo de la cena de Navidad que organizó Teresa en su departamento. Hoy, nada me parece más digno de contar que la dichosa reunión... me sentí muy bien, acompañada y sobretodo, cómoda. El momento en que Zara (de Marruecos) sirvió la comida que ella misma había preparado, sin quererlo me abstraje de la cálida compañía que me rodeaba y lo que vi fue sencillamente maravilloso. Allí, en una misma mesa: Yamil de Colombia, Yose de Indonesia, Kin Kin de Birmania, Judit de Hungría, Teresa de México, Stian de Noruega, Zara de Marruecos; Ronald, Natalia y yo de Bolivia. Creo que nunca realmente, fui capaz de imaginar un cuadro más colorido y pintoresco, ¡hermoso! El idioma (alemán por cierto) no significó en ningún momento una dificultad, por el contrario, fue el puente necesario para poder compartir y sentir.

jueves, 18 de junio de 2009

Desempolvando vivencias: Érase una vez... el miedo

Cuando era niña (no hace mucho, por cierto) compartía el dormitorio con mi hermana menor, nada fue más grato y hermoso que eso durante aquellos años. Al primer ruido extraño que escuchábamos saltaba la una a la cama de la otra y acurrucadas bajo las cobijas nos abrazábamos para no sentir miedo. Si el susto era mayor requería un viaje un tanto más largo hasta la habitación contigua, que era siempre la de mamá. Eso implicaba abrir la puerta y tropezar de inmediato con la oscuridad y el silencio de la noche, advertir que el pasillo que separaba un cuarto del otro, se hacía mucho más largo de lo que parecía durante el día, cruzarlo intentando mantener la mirada atenta y con ese vacío sugestivo detrás de la espalda, invadir el cuarto de la progenitora evitando al máximo que se despertara nerviosamente y brincar al lecho buscando el vientre cálido, los brazos y las piernas maternas.

Luego de explicaciones metódicas y teatrales, las tres volvíamos a conciliar el sueño. Siempre me había preguntado cómo era que mi madre no sentía miedo ante los ruidos extraños. “Las mamás no tienen que tener miedo” decía la mía y no cabía mayor indagación.

Algunas décadas más tarde, estoy aquí, viviendo en Mannheim, al sudoeste de Alemania, compartiendo un departamento con dos chicas hindú y una sudcoreana.

Martes 20 de agosto de 2002, 12:30 am. Luego de aplicar la nada apreciada y poco practicada costumbre de cerrar mi puerta con llave, me acurruco sola en la cama.

12:35, quizás 33: alguien que no es ni Shubha ni Kusumita ni So-Yoan ni Helga, la casera, enciende la luz del pasillo que esta vez no me lleva al dormitorio de mamá, abre la puerta del baño y al salir pronuncia en voz muy alta dos palabrotas en alemán que hasta el más novato aprendiz del idioma hubiera sido capaz de entender. El sobresalto mayúsculo me ha inmovilizado entre las sábanas y el tiempo parece haber ralentizado su marcha. La paranoia momentánea me hace pensar que lo siguiente será percibir que ese misterioso alguien masculino intentará girar la perilla de mi puerta... pero afortunadamente nada de eso pasó.

Miércoles 21 de agosto. El despertador intenta levantarme a las 7 a.m., pero es siempre imposible. Con la premura de los múltiples quehaceres matinales, no he podido comentar con las chicas lo sucedido la noche anterior; ninguna de ellas ha dicho al respecto, lo cual me hizo pensar que pudo haber sido sólo un sueño.

20:00 pm. Retorno a casa y mis compañeras de piso están cenando y conversando amenamente. Me detengo un par de minutos antes de decidirme a preguntarles si ellas también escucharon algo... primero lo hago con So-Yoan, en voz baja le consulto sobre el suceso, pero claro, el hecho la alarma sobremanera demostrando que mi tino y diplomacia dejan todavía mucho que desear. Pronto el temor se apodera de Kusumita y también de Shubha que me dijo que ella escuchó lo mismo, pero que creyó que aquella voz provenía de la calle y así, ya casi sin darme cuenta estamos en plena asamblea desiderativa. Pensamos que si se repite el hecho nuevamente, hablaremos con Helga y cuando ya está casi decidido, So-Yoan, la inquilina más antigua de la casa y a la que ya comienzo a conocer por ciertas actitudes, empieza a hablarnos en voz baja y entonces en una fracción de segundo, me temo que ella sabe algo más. Comienza por decirnos que tiempo atrás otra de las inquilinas se había quedado tocando el piano en el salón de la casa, previa autorización de la casera y en cierto inesperado momento se apareció ante ella un hombre viejo que le acarició la cabeza y que luego desapareció. La cara de Shubha no podía ser más expresiva y los ojos de Kusumita se expandieron en su redonda cara como un par de lunas... yo sentía que tenía los pelos de punta.

Terminamos la conversación apoyándonos unas a otras y determinando como obligación para cada una cerrar siempre con llave nuestras habitaciones y despertar a las otras ante la mínima percepción de algo raro. Con ese compromiso dejé a mis compañeras de vivienda terminando de cenar en la cocina.

Algún tiempo más tarde las ganas de satisfacer ciertas necesidades biológicas me obligaron a ir al baño. Agazapé a duras penas a la niña que llevó dentro y ante la fáctica ausencia de mi hermana y mi madre, crucé el pasillo y me dirigí al sanitario. Los minutos transcurrieron con cierta lentitud y mi corazón latía sin llegar a la agitación. Salir del baño significaba un nuevo esfuerzo de valentía. Abrí la puerta del baño y mis ojos recorrieron rápidamente el perímetro espacial que me rodeaba. De película: al terminar de cruzar la puerta del baño una sombra se balanceó justo a mi izquierda y cuando pegué el gritito controlado me di cuenta que se trataba del maldito gato de la casera que se había encaramado en el estante del pasillo. Lo que pudo haber terminado con grandes carcajadas, me palideció el rostro y me llevó a grandes y apresurados pasos hasta mi habitación.

Una hora y media más tarde, mis necesidades alimenticias me juegan esta vez la mala pasada. Me muero de hambre y la cocina se ha convertido en un lugar enigmático y casi imposible de alcanzar. Mientras me decido a salir, escucho el cuchicheo de las chicas en el pasillo, salgo a verlas... son Shubha y Kusumita que no han podido dormir y que tienen miedo. Entonces entro con ellas a la cocina y me percato de que Shubha ha cerrado todas las ventanas y ha bajado las persianas.

Nuevamente en soledad me quedo en la mitad de la cocina y decido de una vez prepararme la cena: dos “hot dogs” archirápidos y jugo de pera. Mientras caliento las salchichas, no puedo evitar mirar de cuando en cuando detrás de mi espalda y se hace recurrente mi experiencia infantil. Ahora nuevamente aquí, en mi pequeña habitación he casi terminado de escribir esto y me doy cuenta de que aún no me he cepillado los dientes para dormir... volteó a mirar la puerta y la llave incrustada en la cerradura, y detrás de ella la oscuridad del pasillo y la amenaza del maldito gato; tengo que hacerlo para darme cuenta una vez más, de que nunca voy a dejar de ser una niña aunque me disfrace de valentía para enfrentarme al miedo.

martes, 16 de junio de 2009

El desencuentro

Atardecer citadino. El bullicio del café se tornó en susurro en cuanto la vi aparecer. Atrapada en la torpe elegancia de un abrigo negro se apresuraba ligera por entre las mesas mientras repartía miradas en todas direcciones buscándome. Agazapado en mi silencio yo sólo la observaba casi deseando que no me encontrara, que su búsqueda se hiciera más larga para que me diera el tiempo suficiente de llenar mis pupilas con su escondida silueta. Necesitaba ordenar mis tristes y abandonadas ideas… no estaba listo para el reencuentro.
 
Muy pronto me descubrió al fondo del cafetín. Se detuvo al verme y una franca sonrisa se apoderó de sus labios. Sin dejar de mirarme se acercó decidida hasta mi mesa. La noté fresca y dulce y como nunca el aroma de su perfume me envolvió las sienes cuando me depositó un beso en la mejilla izquierda, porque ella sólo besaba la izquierda – el lado del corazón, explicaba ella –, desafiando la ley de los besos entre amigos que siempre se estrellan en la derecha. Cómo olvidarlo, si esa fue una de las “rarezas” con las que su sencillez me cautivó.

Sin quitarse el abrigo se sentó frente a mí, entonces supe que aquel encuentro sería fugaz y por lo mismo intenso. Apreté las piernas contra la silla y froté mis nerviosas manos en mi regazo. No tenía idea del motivo de aquella cita y por ello cada instante que pasaba se me hacía eterno. Traté de reconstruir cómo y cuándo fue la última vez que nos habíamos visto y recordé sus largos cabellos extendidos cual oscuro terciopelo sobre mi almohada. Ahora yacían tiesos y prisioneros en una cola de caballo que se perdía detrás de su esbelto cuello. Rememoré el día en el que había decidido que la soledad debía convertirse en mi compañera y le pedí que nos dejáramos en libertad. Ella se recogió de mi vida como un suspiro, con una lágrima que se convirtió en llanto y con un cariño que amenazaba convertirse en desdén.

¿Cuánto tiempo había transcurrido desde entonces? ¿Por qué me inquietaba tanto este encuentro? Fue ella la que me pidió que nos reuniéramos y yo el que aceptó pensando en que ya era tiempo de reconstruir nuestra historia.
El penetrante olor de su recién servido café me devolvió al presente y me cobijó nuevamente en sus oscuros ojos. Impaciente y callado esperé que comenzara a hablarme. Tras el primer sorbo me dijo que se sentía bien, que me había extrañado mucho y que el tiempo que yo había compartido con mi soledad, le había servido a ella para encontrarse. “Te lo agradezco”, dijo resuelta y sin rastro alguno de ironía, yo sólo atiné a sonreír temiendo que detrás de aquel agradecimiento asomara alguna pregunta que no deseaba oír. “Has cambiado”, murmuré después y una caricia se escapó desde mi mano hasta uno de sus dedos, pero ella se quedó impasible. Con un miedo aún más creciente, mi mano huyó de su rechazo y se refugió debajo de la mesa. No me atrevía a preguntarle por qué me había buscado otra vez.

El último trago de café de su taza desapareció veloz en sus labios reviviendo en mi memoria el tímido beso que le di el día que nos separamos. Me miró con una ternura desconocida que más bien me hizo sentir desamparado. Casi podía percibir la tibieza de su aliento que sin embargo se cristalizaba cual transparente hielo en lo profundo de sus ojos. “Me marcho”, articuló y el absurdo pensamiento de que nuestra reunión estaba llegando a su fin sin haber siquiera comenzado me llenó la cabeza así como el cobarde alivio de no haber reabierto heridas del pasado. Iba a preguntarle que por qué se iba tan pronto, cuando terminó la frase haciéndome conocer que se iba del país, que tal como había anhelado alguna vez, se autoexiliaba de la cotidianidad nacional para conocer el mundo. “Ese fue siempre mi sueño” dijo suspirando y sonriendo como quien disfruta de la certeza de una decisión. Y con esas palabras terminó exiliándome también a mí, pero de su vida, de su pasado… de sus recuerdos y de un futuro que ahora yacía amputado y flotando entre mi taza de café y la suya. Me quedé mudo, petrificado en mi silla e incapaz de reconocer lo que bullía en mi corazón al oír tal sentencia.

Cuando al fin me percaté de que aquel encuentro era en realidad una despedida no anunciada… era ya muy tarde para reaccionar, sentí repentinamente el delicado peso de su cuerpo convertido en abrazo alrededor del mío y la brisa de su ausencia perdiéndose enredada en la negrura de su abrigo.

Publicado en la Revista Letralia, edición 241 (1o. de noviembre de 2010).
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